
Domingo 14 de febrero de 2010| por Laura Alminer (*)
Acurrucada en una cama ajena, e imposibilitada de concebir el sueño, repasaba mentalmente con afán y pudor los minutos recién pasados, esforzándose a la vez por contener ese temblor nervioso, y de rabia y deseo, que amenazaba con traspasar la frontera de su piel y despertar a su compañero de lecho.
Llenando con mudos suspiros los segundos de esa madrugada, fue presa fácil de pensamientos que asomaban inconexos unos tras otros, como insinuando esa semilla de locura que ella creía poseer. Sin embargo, las ideas, los recuerdos, esos detalles sueltos del pasado que se le adherían ahora contra su voluntad, adquirieron de pronto una inesperada lógica que la hizo volver de golpe -y para peor: desnuda- a ese dormitorio de motel lujoso, a su vida, a su vacía vida que esa noche llenó de una forma diferente. Lo había intentado antes, pero ninguno parecía perfecto. La clave que buscaba era la voz de los que le hablaban al otro lado del teléfono. Debía ser tan atractiva que le impidiera ignorar la cita. Sólo eso pedía para decir sí.
Atrapada tanto por el brazo masculino como por las divagaciones, recordó súbitamente una escena de su niñez. De la mano de su padre recorría la playa escapando de la espuma que después desaparecería en la arena. Él la había adorado, quizás fue el único que lo había hecho. Y se aventuró a pensar que tal vez sería esa la razón de que ese momento lejano fuera el punto al que llegaba a refugiarse en cada instante de soledad. Y ahora sí, se sentía sola, aunque junto a ella dormía, satisfecho, un macho de voz irresistible.
Se sorprendió pensando en que esa madrugada había humedecido las sábanas junto a un hombre que, aunque había sido breve dueño de sus besos, de sus muslos pingües y caderas, no pensaba en el amor. Pero a decir verdad, ella tampoco. La línea que el dinero dibuja entre los negocios y el corazón había estado presente, y marcada a fuego y sudor esa noche. Más que nunca esa noche. Cada caricia prodigada por aquél, su amante ocasional, dejaba tras de sí la sutil aspereza de un placer pactado de antemano. Cada beso que su cuerpo acogió, que su boca dio, iba humedecido con la inevitable vergüenza del sexo transado, del vano éxtasis en una habitación igualmente alquilada.
Ya amaneciendo, se volvió para verlo dormir. Tenía una tranquilidad infantil que no se correspondía con el hombre que, momentos antes, la había doblegado a solaz. En cada respiro se acrecentaban sus ansias de despertarlo. Lo intentó, recorriendo esa venal espalda en un zigzag, pero apenas comenzado abortó el provocativo movimiento de sus dedos. Lo dejó descansar, pese a que todo en ella le pedía continuar con el febril juego de sus cuerpos, con el ir y venir de manos obscenamente humedecidas y lenguas agitadas y masturbadoras. Lo dejó descansar, porque tan sólo la respiración de su galán furtivo ya se le antojaba excitante, y se conformaba al evocar el aliento que le había erizado la piel cada vez que sus pechos se encontraban con esa boca quemante, sedienta, estudiadamente incontrolable.
Fue intentando alejar el caliente rubor de sus mejillas, y el palpitar lastimante en su entrepierna, que cayó en el remolino de divagaciones. Fue entonces cuando se recordó de niña, cuando la habitación se hizo demasiado pequeña para dos desconocidos, cuando la cama dejó de ser el escenario ideal para esa noche.
En un lento movimiento, que en otras circunstancias formaría parte del ritual de seducción, se liberó de las piernas que descansaban sobre las suyas sin provocar hasta entonces otra cosa que no fuera más deseo, pero que repentinamente adquirieron el peso de mil rocas sobre su cuerpo.
Se levantó, esperando que él no despertara. Una a una fue recogiendo sus ropas dispersas en la habitación y, al cabo de pocos minutos, estaba ya disfrazada otra vez de joven dama. Sacó desde su cartera un delgado fajo de billetes azules. Sin contarlos, los depositó en el velador en que descansaban dos copas vacías, junto a un Rolex plateado y una cajetilla de cigarros.
Con los zapatos de tacón, el bolso y el abrigo en una mano, y un cigarrillo robado en la otra, caminó decidida hacia la puerta, pero antes de marcharse no resistió la tentación de mirar a su puto una vez más. La última. Recorrió con la vista el contorno viril que ocultaban las sábanas. Pensó que aún era suyo, que por tres horas más podía exigirle falso amor y lujuria. Pero sonrió y simplemente se fue, antes de que las caricias volvieran a entregar en medio de ardientes parlamentos.
|
LAURA ALMINER "No soy escritora profesional ni reconocida. No he participado en talleres ni menos publicado. Sólo leo. Y escribo. Sólo para mí y para quienes me inspiran. Quisiera ahora, si les interesa, hacer una excepción a esa timidez escritural, con este cuento que, aunque se pueda pensar, no es testimonial". |