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  La casa de wuifas

  La casa de wuifas

  Las cosas habían empezado bien y el chico resistía estoicamente las embestidas y los gemidos de la profesional. Fueron siete minutos en donde el mocoso hizo lo que pudo, tratando de agarrarle el ritmo a la mujer.

Domingo 7 de junio de 2009

Cuando tocó la puerta de Elsa Díaz, la puta más conocida de la población, el chico miró para todos lados por si alguien estaba mirando. Todos sabían a lo que iban los hombres que entraban a esa casa. Se habían hecho reclamos a la municipalidad, pero todo había quedado en nada porque la mujer tenía derecho de entrar a todos los hombres que quisiera a su casa. Tal vez la única prueba que podía operar en su contra era el dinero en efectivo que guardaba en la casa.

Ese día hacía un calor endemoniado. La vieja prostituta se refrescaba tirada en su sillón a pata suelta, tomándose una cerveza con el ventilador encendido. La noche anterior había tenido que atender a un grupo de viejos que le habían tocado la puerta a las 4 de la mañana y la tuvieron trabajando hasta las 7. Esa tarde se notaba lenta, aunque seguramente en la noche empezarían a llegar los clientes. Podría dormir una siesta para recuperar el sueño. Así es que cuando sintió la puerta, se levantó a media gana, se acomodó los senos que rebeldes salían por su sostén, caminó y abrió con cara trasnochada la puerta, creyendo que el mocoso venía por otra cosa. A sus trece años tendría que haber esperado más, pero la Elsita nunca había rechazado dinero.

-Vengo con los quince mil pesos...

-Rompiste el chanchito? Jajajá... ya, pasa nomás... siéntate ahí, le respondió ella.

Al entrar a la casa, lo primero que el chico vio en un rincón fue una virgencita rodeada de velas y un vaso con un billete de mil pesos. Con ansiedad, el chico se sentó en el sillón, esperando que la mujer volviera a buscarlo. La casa había sido amoblada gracias a cada cliente que había pagado su correspondiente tarifa. La misma que variaba dependiendo de la situación económica del país.

-Ya vengo, mi amor. Me voy a pegar una ducha antes

-La espera era tensa y el corazón del chico parecía que iba a explotar. Afuera, sus amigos jugaban a la pelota. Los sentía lejanos. Después de todo, tras su paso por las manos de Elsa, sus amigos tendrían que respetarlo de otra forma... A lo mejor pasaría a ser el capitán y podría elegir a los jugadores.

-Sube, mi amor, te estoy esperando.

El chico se levantó. Avanzó mirando un gran espejo antes de tomar de lleno la escalera. Hacía el mismo recorrido que habían hecho antes cientos de tipos, vecinos, los mismos viejos que lo habían visto crecer. Cada paso que daba lo hacía tratando de darse valor y mientras más avanzaba, la silueta de la prostituta más imponente e intimidatoria aparecía.

-Entra... no tengas miedo...

La pieza era amplia y llena de objetos pequeños adornando las paredes. Caracoles, conchas y artesanías. Muy acogedor. A la derecha, el toilette donde la mujer se peinaba emulando la foto de Rita Hayworth que tenía sobre el marco de la cama. En el velador, la radio con que la vieja lloraba las penas de amor por las noches. El chico miraba para todos lados esperando las instrucciones de la experimentada mujer. Nunca había estado en una situación así y no quería cagarla. En su mano, apretando con fuerza, llevaba los quince mil pesos. Tras esperar a la mujer que buscaba el condón que sería usado, el chico comenzó a desvestirse por orden de la prostituta.

-Sí... el calzoncillo también. Tiéndete en la cama mi amor.

La rutina de veinte años era que antes de empezar el acto sexual, Elsita brindaba sexo oral. Sospechó que en este caso habría que trabajar más porque la mayoría llegaba ya listo para pasar al plato de fondo.

-Suéltate mijito, si es una cachita nomás.

El chico, acostado, la miraba tratando de pensar en su vecina bien caderona que tanto le gustaba. Si eso había funcionado encerrado en el baño, por qué ahora no?, se preguntó. Luego de unos minutos en que la prostituta comenzó a dudar de su boca infalible el asunto comenzó a repuntar. -Ahora sí... te pongo esto y me dices cuándo quieras empezar.

Decir que fue una gran actuación sería mentir. Pero acaso alguna primera vez fue buena. Las cosas habían empezado bien y el chico resistía estoicamente las embestidas y los gemidos de la profesional. Fueron siete minutos en donde el mocoso hizo lo que pudo, tratando de agarrarle el ritmo a la mujer. Luego de ayudarlo y de indicarle el camino, la mujer lo rodeó con sus piernas como culebra a su presa y esperó el momento en que su inexperto compañero de cama terminara por caer rendido y apoyando su cabeza en el seno maternal de la puta. La misma que al darse cuenta del final abrupto, sólo atinó a besarle la cabeza.

Como pasa en todo ámbito de la vida uno nunca es el peor. Quizás esto se quedó pensando el chico después de haber terminado de hacer el amor por primera vez con la mujer que ahora dormía plácidamente. Tras unos minutos de escuchar los ronquidos de la prostituta, el chico se paró y se vistió lentamente hasta que abrochó el último botón de su camisa. Bajó las escaleras riendo por dentro y preguntándose qué podían tener esas paredes para haberlo intimidado tanto hace sólo un rato... después de todo aquello había sido sólo una cachita.//LND

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