
Domingo 17 de mayo de 2009
"He tenido tres experiencias con niñas, pero estoy segura que no soy lesbiana no sé; sí bisexual. No tengo el 'gay radar' como para identificar quiénes son o no son homosexuales. Creo que lo he hecho más que nada por curiosidad, por experimentar y por una cuestión de fantasía. No sé si podría tener una relación duradera con una mina", dice la joven Daniela.
Ella es parte de un gran número de chicas adolescentes y estudiantes universitarias que no cree en las distinciones sexuales y que se autodenominan "heterosexuales flexibles", aunque coqueteen con el lesbianismo. Son parte de una tribu urbana a la que es habitual verse mover entre el Parque Forestal, la calle Pío Nono y el Parque Bustamante, tomadas de la mano y besándose. La primera vez que Daniela tuvo una experiencia lésbica fue en el Club Bizarre, una discoteca ubicada cerca del Metro Los Héroes, donde ponen música alternativa típica de estos lugares estilo gay, "gay friendly o alternativo".
Esa vez, Daniela probó con una chica casi por casualidad. Había salido a bailar con un amigo gay con la condición de que cada uno se divirtiera por su cuenta. En el segundo piso de las discos, Daniela recuerda que no hizo nada por evitar las insistentes miradas de una chica. "La mina era bonita y me gustó como andaba vestida. No era amachada, 'ni camiona'. Nos pusimos a bailar muy cerca de hacernos cariño y ella me dio un beso. Yo le seguí la corriente y de repente llegaron dos locos, que se habían excitado con nosotras y querían participar, pero no los dejamos. Prendieron las luces de la discotheque y la chica me dijo que iba al baño. Me fui, le había dicho que nos íbamos a dar los contactos de messenger, pero no quise, aunque fue una buena experiencia", recuerda.
La periodista Andrea Ocampo abordó el discutido tema de la apertura sexual de las nuevas generaciones en su libro "Ciertos ruidos" (Editorial Planeta), donde investigó sobre las tribus urbanas y su nueva mirada a la sexualidad. Una de las cosas que le llamó la atención fue que los encuentros de los adolescentes con sus pares del mismo género no son determinantes para definirse como homosexuales. Ocampo señala que los jóvenes hablan de sexo y de encuentros virtuales porque han crecido con el chat, se han metido a páginas de adultos a observar y así han aprendido solos. Una forma de educación espontánea.
Para Andrea estos adolescentes se criaron de una manera desprejuiciada frente al sexo. Desde esa premisa, la periodista señala que hay toda una cultura emergente. "Son los llamados heterocuriosos o gay-friendly, que transitan en los mismos lugares de entretención que los gays. Son adolescentes amigos de gay, que de vez en cuando salen con personas de su mismo género y transitan por el Parque Forestal y Bellavista. Para ellos la homosexualidad dejó de ser algo monstruoso y aberrante, eso es lo bueno", explica Andrea.
La periodista cree que los "heterocuriosas" son discriminadas doblemente: a veces por sus pares y otras por los adolescentes, porque hasta ellos, en ciertos momentos, necesitan controlar sus clasificaciones. "Enfrentan ese 'decídete poh huevona, ¿te gustan las mujeres o no?' porque a ellos les queda algo de sus padres: el temor a lo desconocido. Pero estoy segura que serán una generación que cambiará el paradigma de criar a los hijos, porque serán menos cartuchos", aclara.
Juegos sexulaes
Rodrigo de la Fabián, sicólogo clínico de la Universidad Diego Portales, explica que lo primero que hay que entender para descifrar la sexualidad de las nuevas generaciones es que la orientación sexual no es lo mismo que la identidad sexual, como género. La identidad sexual se alcanza mucho antes y las exploraciones no significan necesariamente que vayan a cambiar o que los jóvenes vayan a ser homosexuales por uno o más encuentros con alguien de su mismo sexo.
El especialista comenta que el "juego ambiguo" y los guiños con la homosexualidad suceden desde hace mucho más tiempo. "Recordemos que en la época de los hippies, los jóvenes escandalizaban a los adultos con su melenas largas, algo que parecía muy femenino, aunque ellos jugaban un poco con la ambigüedad para provocar, sólo por romper con cánones impuestos de aquella época", aclara.
El sicólogo señala que son los adultos quienes siempre piden definiciones y estructuras para explicar todo, he ahí su gran intolerancia con los adolescentes. Esta generación a partir de la discusión con la apertura sexual de las tribus urbanas santiaguinas ha dado muestras de ser más flexible. Una señal clara es que si los adolescentes de hoy quieren estar con alguien de su mismo sexo, lo hacen, sin sentirse homosexuales, ni culpables por ello. Para De la Fabián es difícil hablar de normalidad, porque las razones que tiene cada uno de los adolescentes para tener una relación íntima con otra mujer u otro hombre, son razones muy diversas.
Con el tema, el sicólogo recuerda al movimiento "Queer", que revolucionó la escena estadounidense. Se originó a principios de los años noventa. Éste nace como respuesta a las políticas de la identidad gay y lesbiana que comienzan a cristalizar los términos. La crítica de los "Queers" (que en inglés significa peyorativamente "tortillera" o "raro") es que los gays estaban abogando por la integración de las diferencias, pero de la misma forma que la cultura heterosexual dominante. Es decir, a la larga querían transformarse en parejas con casa, auto e hijos llenos de clasificaciones. La teoría Queer entra a proponer una crítica a la construcción de identidades sexuales, ya sea hetero u homo, como manera de encasillamiento y exclusión para quienes no forman parte de ninguno de los dos grupos.
En el comportamiento de estas chicas que se relacionan con otras chicas sin sentirse encasilladas como lesbianas, todo es natural, comenta el profesional, para quien ellas están a años luz de las generaciones que les preceden, donde todo ocurría de manera más soterrada. Un ejemplo de ellos es la típica frase de "el fin de semana me metí con una mina", que este grupo urbano lanza como confesión a modo de anécdota, y que sólo significa una declaración de libertad para ellas más que asumir un rol sexual. "No porque tenga relaciones con una mujer, cambia lo que soy", es lo que ellas piensan. Una demostración de que aquello podría ser verdad es que son capaces de separar sus aventuras sexuales de su propia condición sexual con mucha facilidad, sin temor a nada", aclara el sicólogo.
El especialista cree que sumado a eso, la sexualidad entre las mujeres se da de manera mucho más suave y sutil que la de los hombres. Ellos en su exploración, deben enfrentar la penetración, que es algo mucho más fuerte de experimentar por ganar o perder hombría. "Se gana o se pierde virilidad, y la sexualidad de los hombres, siempre ha sido más tabú", insiste el especialista para quien la sociedad construye un muro grande e imaginario que los adolescentes sólo quieren demoler.
Las imprudentes
Claudia tiene 20 años y fue hace dos veranos cuando besó por primera vez los labios de otra mujer. Se autodenomina una "hetero sexual flexible". Fue así cuando en enero de 2008 se metió con la mejor amiga de su hermano, una chica un año mayor. De la mujer que la cautivó, recuerda un halo de misterio y cierta madurez que le fue atrayendo durante la semana de estadía en Algarrobo.
Claudia confiesa que no había pololeado hasta ese entonces, y que hasta los 18 años, su experiencia sexual era nula. Estaba recién comenzando a salir, a conocer gente y a tener amigos y en eso la ayudaba su hermano, quien hace poco había vaciado el balde de agua fría de su confesión homosexual a una familia conservadora.
"Sé que te gusto", le dijo la chica a Claudia antes de estamparle un beso, en medio de una oscura pista de baile de una discotheque cercana a Algarrobo. A Claudia le gustó y esa noche fue el primer paso para todo lo que vendría. El acercamiento duró lo que restaba de las dos semanas de vacaciones. "Hablamos, paseamos, nos regalamos anillos que compramos en un feria artesanal, seguimos atinando y después me di cuenta de que ella estaba pololeando con otra niña. No sé si estuve enamorada, pero me gustó mucho... sufrí harto", recuerda.
Después de esa experiencia, Claudia tuvo su primer novio, con el que duró casi tres años y se olvidó rápidamente de su aventura veraniega. Ella explica que se siente parte de una generación más tolerante, que le hace guiños a la homosexualidad simplemente porque camina libre por sus elecciones. "Nosotros tenemos contacto con chicos, somos habitués de discos como Bokhara, Príncipe Club, Fausto y Club Miel. Mis amigos son gays, mi hermano es gay, pero eso habla de diversidad, de aceptación. Me gustan las mujeres seguras, con las ideas claras e inteligentes, pero me quedo con los hombres, me gusta acostarme con ellos. De la otra niña me enamoré por cómo era como persona, no pensé en si era hombre o mujer y no descarto que pueda gustarme otra mina", explica
Erika Montecinos, periodista y directora de la revista lésbica "Rompiendo el Silencio", cree que en el deambular entre el lesbianismo y la heterosexualidad las adolescentes, a veces, son discriminadas por no definirse. "Existe una sensación de que todas las mujeres son potencialmente lesbianas, especialmente si lanzan esa frase de estoy experimentando", aclara. Sin embargo, Montecinos comenta que este proceso simplemente es un cambio de mirada de una generación más liberal, un cambio que no necesariamente es negativo. "De algún modo es un avance comenta ya que mi generación, ni siquiera pudo explorar, sino que al contrario, siempre se nos planteó de forma obligatoria que las mujeres debíamos casarnos con un hombre y punto", explica.
Para Montecinos "me enamoro de la persona, no de la mujer o del hombre" es una frase fija para estas chicas en su discurso. Idea a la que hay que prestarle atención si suponemos que serán ellas las madres del futuro, es decir, parte del grupo de progenitores que se caracterizarán por un discurso abierto sobre la diversidad sexual, lo que hace de este fenómeno algo alentador. "No miraría esta exploración como algo negativo. Al menos ellos le sacarán esa mirada caótica que los programas de tevé han impuesto en torno al tema", enfatiza.
La periodista dice que el discurso de diversidad sigue existiendo en la sociedad, pero que en el ámbito privado o en las instituciones la realidad es completamente distinta. Su revista recibe al menos dos o tres denuncias al mes sobre niñas lesbianas discriminadas por adultos, si mencionar el bullying del que son víctimas por parte de sus compañeros. Desde la revista deben derivar los casos a instituciones como Movimiento Unificado de Minorías Sexuales (MUMS). "Nos escriben muchos padres perdidos porque sus niñitas estuvieron con otra chica y porque quieren intentar esa mentira de la sicología reparatoria", explica. Con eso se refiere a padres preocupados en convertir a sus hijas en heterosexuales y volverlas, entre comillas, normales.
Afuera de este mundo de las ideas, la realidad sigue cruda su curso. "Las otras dos experiencias han sido en el mismo contexto: copete, disco medio gay y sin pareja. Nunca me he enamorado de una mujer y cuando me meto con una, se deben dar ciertas condiciones para ello. Estas voladas heterocuriosas se pueden ver en discos más alternativas como la Blondie y el Club Miel, porque hay más experimentación de una nueva generación, sin culpa, ni miedos", dice Daniela.