Por mucho tiempo, esta extensión congelada fue considerada como una Terra Incognita. Tanto la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos, como el clima extremo, hacían impracticables esas aguas e inexplotables sus recursos. Al desaparecer esas dos características (la parte canadiense podría verse libre de hielos durante el verano en unos 30 años más), el Océano Ártico es hoy codiciado por los cinco países que lo rodean: Rusia, Canadá, Estados Unidos (a través de Alaska), Noruega y Dinamarca (vía Groenlandia). Una semana después de que Rusia depositara una bandera en el fondo marino, a 4 mil 200 metros de profundidad, el Primer Ministro de Canadá, Stephen Harper, realizó una visita de tres días al gran norte para reafirmar allí la soberanía canadiense sobre una parte de ese territorio. El Premier anunció la creación de un puerto en aguas profundas y una instalación militar en el extremo norte. Una manera de recordar a Moscú, pero también a Washington, que Ottawa no es un actor de segunda fila.
El Ártico presenta al menos tres desafíos estratégicos mayores, en especial para la Unión Europea: militar, económico y medioambiental. En el terreno militar, el Polo Norte cobija sin duda submarinos rusos y estadounidenses. Estar presentes en el Ártico les permite esgrimir una amenaza nuclear contra todas las grandes ciudades del hemisferio. En el campo económico los expertos estadounidenses y noruegos estiman que un cuarto de las reservas naturales aún no descubiertas de gas y de petróleo se sitúan más allá del círculo polar.
El territorio correspondiente a los rusos contendría, por sí solo, cerca de 700 mil millones de toneladas de petróleo e inmensas cantidades de gas natural. Para Moscú, explotar esas reservas es esencial. La seguridad del aprovisionamiento energético de la Unión Europea pasará mañana por el Ártico. No es el único trance económico. La ruta marítima del norte es la más corta entre Europa europea septentrional y el noreste de Asia, así como con la costa oeste de Norteamérica. Las condiciones de circulación en esas aguas son por lo tanto esenciales para los europeos.
Finalmente, el desafío es ecológico. Al ser Groenlandia la más grande reserva de agua dulce del planeta, la explotación de Alaska, tal como la contemplan los países ribereños, arriesga degradar todavía más el medio ambiente. Por todas esas razones el Ártico merecería una reflexión colectiva que vaya más allá solamente de los países ribereños. Lo menos que se puede esperar es que no se emprenda este camino.
Le Monde
París, Francia