Goic apela a la conciencia de los empresarios, sugiere un “salario ético” por abajo, pero no propone, también, uno por arriba, un “salario ético máximo”, un límite a la obscenidad.
Alejandro Kirk
Cuando ocurren catástrofes y mueren muchos, los pocos que se salvan dicen que fue “gracias a Dios”. Lo mismo deben decir en Chile los que ganan 30 veces más que los pobres y se oponen, cómo no, al “salario ético”.
Por eso me alegró sorprenderme el domingo con la noticia -si las encuestas de “La Tercera” son confiables- de que uno de cada cinco chilenos no milita en religión alguna. Ese diario, además, atribuye prosaicamente la intervención del obispo Alejandro Goic en temas de salarios a los bajos índices de aprobación que exhibe la Iglesia en las encuestas.
Que Goic sepa o no de economía es totalmente irrelevante: la ignorancia nunca fue impedimento para que las religiones se metieran en todos los temas, sin pudor ni misericordia. Apenas algunas semanas atrás el cardenal italiano Carlo Martino llamó a los católicos a boicotear a Amnistía Internacional por su postura favorable al aborto de las víctimas de violaciones.
Igual sospecho que Goic no sabe, pero porque a la vez sospecho que nadie sabe. A ver si algún canchero lanza la primera piedra y nos anticipa cuándo y cómo viene la próxima recesión mundial, en vez de explicarla después. Ahora que tiemblan las bolsas mundiales, se nos presenta una excelente oportunidad.
La otra noche soñé que estaba en una fiesta callejera, bebiendo cerveza, cuando aparecía nada menos que Stalin. Se acercó con su porte arrogante y me dijo que le gustaban mis columnas, pero que debía ser más moderado. Increíble.
Me acuerdo de eso antes de escribir lo siguiente: Goic apela a la conciencia de los empresarios, les sugiere un “salario ético” por abajo, pero no propone, también, uno por arriba, un “salario ético máximo”, un límite a la obscenidad.
Esta mañana, escuchando una radio de Lisboa, escuché como lamento que Portugal tiene la desigualdad más grande de la Unión Europea de los 15 (anterior a la ampliación): el quintil más rico gana ocho veces más que el más pobre. Ocho veces, y es el peor.
El aviso de Goic a los empresarios es relevante no porque sepa economía, sino porque sabe de política y sociedad: comenzó en Chile una escalada sindical que amenaza desbordar a la CUT, a la Concertación y al propio Partido Comunista. Los subcontratistas del cobre no ganaron su pelea gracias a Dios, sino porque salieron a conquistar aquella famosa, urgente, ética y siempre postergada equidad por mano propia, y los demás tomaron nota.
Héctor Soto, director de la revista “Capital”, afirma que los salarios bajos son el reflejo de la “terriblemente baja productividad” de los trabajadores. O sea, son culpables de su propia pobreza. En este mismo instante decido olvidar a Stalin y a Goic, y recordar en cambio un axioma del desventurado Karl Marx: “La liberación de los trabajadores sólo puede ser obra de los trabajadores mismos”.