Paradojas de la mundialización, los saldos de Pinochet tienen más publicidad en el ancho mundo que en la angosta faja. Pinochet da todavía mucho paño que cortar y su familia sigue sin dar puntada sin hilo.
Antonio de la Fuente
Según parece, la sastrería santiaguina que liquida los trajes de Pinochet ha dado por liquidada la mercadería. O, a falta de eso, ha dado por liquidada la liquidación. Lo cierto es que los trajes de Pinochet han desaparecido de la vitrina de la sastrería sin que la prensa haya podido dar con la identidad del comprador de los trajes. Al precio que tienen, el comprador no será el museo del traje típico de Doñihue, ni tampoco la antigua y prestigiada tienda de disfraces La Muñequita de Ovalle o la cadena de tiendas Disfrázate conmigo.
Los ternos de Pinochet son caros y su venta es confidencial (se venden por debajo del abrigo) pero, ¡milagro de la cibernética!, la sastrería d’Adriany, a la que hasta anteayer conocería apenas un puñado de santiaguinos, se ha visto propulsada a los espacios siderales gracias a la premura de Augusto Pinochet hijo por liquidar el guardarropía paterno. Hoy el nombre de la sastrería d’Adriany está en la prensa turca, húngara y boliviana, sin ir más lejos. Y, paradojas de la mundialización, los saldos de Pinochet tienen más publicidad en el ancho mundo que en la angosta faja. Pinochet da todavía mucho paño que cortar y su familia sigue sin dar puntada sin hilo.
A Pinochet, explica Manuel Délano en “El País”, “le preocupaba su apariencia personal. Para lucir de mayor estatura que otros generales, su gorra de capitán general era cinco centímetros más alta. Compraba telas en tiendas exclusivas para sus trajes, que la prensa ha estimado cercanos a los 200. Poco antes de ser detenido en 1998 en Londres, por orden del juez español Baltasar Garzón, compró telas. En sus corbatas lucía una perla”.
Otros que habrán aprendido por estos días la formidable publicidad que acarrea asomarse por la red son los compañeros y amigos de un chistoso temucano que subió a un sitio de chamuchina los teléfonos de aquéllos como si se trataran de los números de los famosos de la tele. Por cierto que esos celulares se caldearon recibiendo las llamadas de un ejército de ociosos y hostigosos. Jugar a ser famosillo, buscar la fama vicaria, puede en un principio parecer divertido pero acaba apareciendo pervertido.
Hasta hace poco, como quien dice hasta el año pasado, esas bromas tontas y pesadas se hacían en los baños públicos. Ahora se hacen en la red. Porque, a falta de cambiar el mundo, los blogs y los foros en Internet están cambiando el aspecto de las puertas y muros de los retretes. Desde que la gente se expresa por el canal informático, muchas veces de manera anónima, ha ido disminuyendo lenta, pero seguramente el número de grafitos en los baños. Lo afirma el profesor de sicología de la Universidad belga de Gante, Stefan Lievens, quien ha publicado en “In’t geniep - Graffitti op toiletten” (“A escondidas - Grafitos en los baños”) el resultado de un acucioso estudio de 2 mil 130 textos recopilados, desde 1984 hasta nuestros días, en los retretes públicos de Flandes.
Según Lievens, 58% de esos desahogos literarios versan sobre sexo. Al resto lo agrupa en categorías diversas, como afirmación de sí mismo (8%), contestación (8%), ecología (8%), sin sentido (8%) y fútbol (1%). Estas clasificaciones son discutibles, puesto que todo acto es afirmación de sí mismo, comenzando por el sexo, y ningún mensaje carece de sentido, al menos para el insensato que lo concibió y para aquel que intenta interpretarlo. Pero dejemos al profesor trabajar. De manera general, Lievens constata que el racismo como contenido y el inglés como idioma apuntan al alza. En cuanto al género, los baños para hombres suelen tener más lectura que los femeninos.
Para desocupar y despedirnos le pedimos al profesor que nos presente los mejores grafitos recopilados, a lo que accede encantado. Éste es su podio: 1) “Coito, ergo sum”. 2) “Aquí terminan hechos ruina los tesoros de la cocina”. 3) “Vendo traje poco uso que me regaló mi papi. Tratar en la sastrería d’Adriany”.