Miércoles 1 de agosto. 22 horas. Gracias al sofisticado sistema de calefacción que irradia calor desde el techo, los siete integrantes de JuanaFé están sentados en la terraza del restaurante Ópera Catedral sin necesidad de cubrir los atuendos veraniegos con los que minutos más tarde saldrán al escenario. La banda es nativa de Conchalí, geográfica y socialmente lejos de este lugar enclavado en el barrio bobo (“bourgeois boheme”) del Bellas Artes. Mientras escriben la lista de canciones, alguien del staff que los acompaña confiesa en voz baja que no se imagina al tipo de traje italiano que tiene al frente bailando “Lleve de lo weno”, la historia de un vendedor ambulante y su cliente, un hit incluido en el segundo disco del grupo, editado con platas del Fondart.
Contra los pronósticos, JuanaFé logra que una audiencia muy parecida a la de Holden –quinteto francés tan fino como la sopa de cebolla– se desate bailando “afrorumba chilenera”, según definen ellos su estilo. Es la primera vez que una de sus actuaciones se escucha en directo en gran parte de Chile y con personas sentadas de pierna arriba en sillones de cuero. “Catedral en coma”, el ciclo que organiza por segundo año consecutivo la Radio Horizonte en el ondero club de los hermanos Larraín, es un ejemplo muy potente de lo que puede lograr la música asociada a buena difusión y producción profesional. En la primera fecha estuvieron Los Jaivas y también desordenaron las mesas.
El éxito macroeconómico del país ha reactivado la escena musical y la cultura está juntando a la gente en la misma medida que el fútbol. O al menos eso parece. Pero el ejemplo es simplemente una saludable excepción, o el comienzo del despegue. Las personas involucradas en el circuito de tocatas, giras y producción discográfica se mueven con matices entre esos dos diagnósticos. El “éxito” para la escena local significa juntar entre 150 y 300 personas en una sala pequeña (ver recuadro), y entre mil y cinco mil personas en un teatro como el Teletón o el Caupolicán. Además, la rotación de bandas nacionales se mantiene gracias a una pequeña porción de público interesada en oír la música que se produce en el país.
SI ES CHILENO ES MALO
“Chile es el país en toda América que tiene el más bajo índice en consumo de producto local, el peak llega al 20% del total”, asegura Alfonso Carbone, de Feria/La Oreja, el recién estrenado sello asociado a Feria del Disco que contiene a consagrados como Los Tres, Jorge González y Los Bunkers.
La tarifa de estos grupos por tocar en vivo va desde los tres hasta los ocho millones de pesos, en el caso del grupo que lidera Álvaro Henríquez. De la venta de discos, ni hablar. El último veranito de San Juan de la industria fue en 2004, gracias al éxito del “clan Rojo” y Karen Paola, de “Mekano”, que aportaron discos de oro, pese a sus discutibles méritos musicales. Pero ni pensar que grupos más underground puedan llegar a vender como Christell en el mercado nacional. Aquí, desafortunadamente, opera la lógica de que si es chileno, es malo.
Carbone, de origen uruguayo y un veterano de la industria local, reconoce que “la forma de ganar dinero de las bandas locales está en los shows, aunque muy pocos pueden llenar el Teletón y son menos aún los que pueden llenar el Caupolicán. Hay un gran esnobismo en la gente; todos respetan a Violeta Parra pero la venta de sus discos es muy baja. Los grupos pueden hacer sólo un concierto grande al año, porque no hay público para hacer dos. Si Los Tres fueran argentinos, llenarían el Nacional”, asegura.
FANÁTICOS DUROS
El circuito de las bandas es pequeño: sólo algunos bares y galpones, más los recintos tradicionales. “Naturalmente se ha ido generando una identidad de música chilena con bandas como Chico Trujillo, La Floripondio, Ginebra, La Banda Conmoción, JuanaFé, La Mano Ajena, Eskaso Aporte, entre otras”, afirma Germán Estrada, productor y manager que ha estado en el negocio de la música desde los ’80, a través del bar Cariño Malo, escenario de muchas bandas surgidas por esa época en Concepción.
Hoy, Estrada protagoniza otra escena incipiente y hasta rentable, en el contexto nacional de precariedad. Está vinculado a bandas que pueden convocar a más de 500 personas. En 2006, La Mano Ajena, que cultiva una mezcla de música latina y kletzmer [de origen judío balcánico], logró meter a mil personas en el Teatro Novedades, en calle Cueto. El grupo es una de las cartas de Sello Azul, la etiqueta ligada a la Sociedad Chilena de Derechos de Autor (SCD). “El público que está detrás de la música chilena es porque se identifica con sus intérpretes, porque ve en ellos cierto sentido de propiedad”, afirma Carlos Salazar, encargado de la compañía, que también destaca a De Saloon (en su última presentación antes de vacaciones de invierno llevaron 300 personas a la SCD Vespucio) y Anita Tojoux, ex Makiza, que ha vendido sus últimos conciertos en un ochenta por ciento.
SCD DE LA FLORIDA Y DE BELLAVISTA
Más allá de los “fenómenos” puntuales, existen muchísimos grupos que ofrecen distintas variables de rock y tienen fanáticos “duros”: pequeñas pero fieles audiencias que pagan entrada para ver a una banda de rock progresivo, como Hidalgo, que tocó en la sala SCD en Bellavista horas antes que JuanaFé en el Catedral. Cincuenta boletos cortados, un tercio de la sala. Para un día miércoles es normal, según el portero del recinto. “A veces vienen cinco o diez personas, pero cuando tocan Los Chancho en Piedra se llena hasta fuera”, dice.
Hablando en términos de mercado, el público se divide en pequeñas porciones según el estilo o la banda que siguen. Estas facciones logran juntarse en circunstancias especiales, como el regreso de una banda tipo Los Prisioneros o Los Tres, o el Festival Vive Latino, en abril de este año, que en 12 horas de música, tres escenarios, más de 20 bandas y una abundante promoción, sólo llevó unas 30 mil personas al Club Hípico. Pero, lejos de ser un fracaso, para la industria es una señal de que el público ha empezado a salir. Y, curiosamente, la escena se mantiene en lugares ubicados en el centro y la periferia, no en el sector oriente, donde está la gente con más recursos para comprar discos y entradas.
DISCRIMINACIÓN RADIAL
Viviana Larrea, directora del sello Alerce, cree que no se puede dividir a la gran masa por clase social o nivel socioeconómico. Pero hay una diferencia entre el público que consume el producto desechable y el otro: “Que es fiel, más pendiente de la novedad, de la búsqueda, más inquieto y menos pasivo”, dice.
Alerce, la casa editorial más emblemática de la escena disquera, fundada en 1976 y conocida por distribuir los casetes de Silvio Rodríguez y otras joyas del catálogo militante en plena dictadura, hoy tiene cifradas sus esperanzas en el ariqueño Manuel García, un joven cantautor en la línea del ícono cubano, que llena salas de tamaño medio.
“Chile nunca ha sido un país rockero, lo que significa que nunca saldremos en la portada de revista ‘Caras’, aunque sí nos gustaría tener más difusión. Pero tampoco haría una diferencia social muy grande”, afirma Álvaro Gómez, fundador del sello Algorecords, que impulsa a algunas bandas de permanente rotación, como The Ganjas y Perrosky. En esta última Gómez hace de baterista, al igual que en Guiso. Su percepción de la industria es más relajada que la de los que mueven una maquinaria un poquito más pesada, como Sello Azul, donde Carlos Salazar culpa en gran medida al desprecio que hay en televisión por la música. “Si tuviéramos a los medios más dispuestos a difundir las bandas chilenas tendríamos una escena más positiva, con mejores salas, pero la música chilena prácticamente no aparece en la TV, salvo una vez a la semana: el sábado a las 12 de la noche, en ‘Hora 25’”, afirma Salazar.
Para Viviana Larrea, el medio de difusión más importante es la radio. “Pero la música como la que nosotros editamos no entra en las parrillas, hay un alto grado de discriminación. Manuel García podría tener el mismo nivel de penetración que Luis Jara”, advierte.
LOS FAVORITOS DE LOS SELLOS
Cada casa musical tiene su artista predilecto, el que lleva más gente y alcanza buena venta de discos. Aquí algunos nombres que alegran a los ejecutivos.
Francisca Valenzuela (La Oreja)Tiene sólo 19 años, compone y toca el piano. Es imposible no compararla con la primera Julieta Venegas, tanto por su timbre de voz como por sus letras sobre hombres poco comprensivos. Incluso teloneó a la mexicana durante su última presentación. En las radios suena con “Dulce” y “Peces”. Su éxito tiene felices a los responsables del sello. “Creo que tiene un gran potencial, es una artista completa que puede dar mucho más”, dice Alfonso Carbone.
Manuel García (Alerce)Es solamente él y su guitarra. De apariencia desgarbada, sus canciones melódicas suenan como trova cubana. Ex guitarrista de Mecánica Popular, después de mucho empujar logró el éxito con su disco “Pánico”, editado en 2006. “Manuel conquistó a un público altamente sensible a la poesía. Básicamente recoge a los fans de Silvio Rodríguez, aunque su próximo disco tiene mucho de raíz folclórica”, dice Viviana Larrea, de Alerce.
La Mano Ajena y JuanaFe (Sello Azul)Dos grupos capaces de armar una fiesta. El primero fusiona pop con ritmos latina y música kletzmer. Cuando se presentan en solitario, muchos inmigrantes judíos aparecen entre el público y a veces los contratan para matrimonios de la colectividad. Formado por actores de teatro, “explotaron una veta que abrieron Goran Bregovic y Emir Kusturica”, dice su manager, Germán Estrada. El segundo es tan transversal como sus compañeros de sello. El año pasado ganaron un Fondart para editar su segundo disco, “Afrorumbachilenera”. Fusionan salsa rock y pachanga, y tocan al menos una vez por semana.
Perrosky y Guiso (Algorecords)Las bandas en que se intercambian los hermanos Alejandro y Álvaro Gómez son las preferidas de los clubes pequeños. Los reyes del rock de garaje aún mantienen su centro de operaciones en la casa familiar de Salvador con Rancagua, donde fundaron el sello que en un momento llegó a editar 25 discos de 10 grupos. “Nosotros conocemos a la gente que va a vernos, conversamos después de tocar, somos como amigos. No estamos por el negocio, sino tratando de vivir la música”, dice Álvaro Gómez. La concurrencia promedio varía entre 100 y 200 personas.