LA MARÍA VUELVE EN CLAVE REALISTA Y RECUPERA A TAMARA ACOSTA
Después de un año de gira por Europa y del nacimiento del hijo de los directores Alexis Moreno y Alexandra von Hummel, la compañía ya está ensayando su esperado regreso, “Abel”. Aquí, el adelanto del extraño montaje que instalará el miedo al desempleo y la sospecha en un escenario demasiado normal.
Desde que Alexis Moreno, Alexandra von Hummel y otros compañeros de la Universidad de Chile formaron la compañía La María en 1999, han recibido sólo halagos por su investigación en nuevos lenguajes escénicos y también la categoría de “joven promesa” del teatro. Pero eso se acabó en 2005.
Ese año, sencillamente, la rompieron con su Trilogía Pública y los aplausos fueron in crescendo por “Superhéroes”, “Numancia” y “La tercera obra”, una potente y ecléctica puesta que resumió la pregunta del porqué hacer teatro de la compañía. Agotados, pararon un año, giraron por Europa y Alexandra con Moreno vieron nacer a su primer hijo: “No nos mueve trabajar una fórmula hecha. Cuando terminamos la trilogía dijimos: ¿qué pregunta nos formulamos ahora para trabajar? El ver teatro en otro país y tener un hijo te produce muchas preguntas”.
Una de las que los rondaba tenía que ver con el regreso al realismo en el teatro y cómo hacerlo. “Surgió esta temática de la comprensión del teatro como un espacio de revolución en una época en que todos los discursos son inútiles, en que levantar la mano y decir luchemos da lo mismo porque el sistema contiene todos los discursos”, plantea. Y luego se puso a escribir “Abel”, obra que estrenan el 4 de octubre en la Universidad Mayor. Según el director, “se llama Abel porque es un relato sobre la raza de los débiles y es el texto más oscuro que he escrito”.
PESADILLA REALISTA
Ahora llevan un mes de ensayo junto a Manuel Peña y Tamara Acosta, lo que constituye el regreso de la actriz a las tablas después de cinco años (ver recuadro). El resultado fue una obra realista. Sí, con diálogos largos, como en las piezas de Ibsen a fines del siglo XIX, pero donde no pasa casi nada, como un cuento de Carver.
Son tres monólogos y una escena independientes entre sí, unidas por el desempleo en su dimensión laboral, emocional y existencial: un conflicto matrimonial (Moreno y Acosta), una secretaria en crisis (Von Hummel), un profesor sin alumnos (Peña) y una empleada que aún no tiene dueña, digamos, como personaje.
“El texto habla del vacío que empieza a existir cuando uno no es útil para algo y también de la educación del terror: al ser humano no le aterra la opresión social, sino el fracasar socialmente, perder la pega o engordar”, explica Moreno.
Y para acentuarlo ocupó el concepto “ominoso” de Freud. “En lo familiar, uno encuentra lo siniestro. Es una pesadilla, no con monstruos, sino con la reiteración de todo porque los personajes habitan un tiempo sin espacio. La secretaria habla en pasado, presente y futuro, los tiempos se amalgaman en una extrañeza”.
ESCENARIO DE TERROR
Moreno prende un cigarro y dice que la obra se sostiene desde la puesta. Parece un dato vacuo, pero significa un cambio estético respecto a su obsesión de poner en crisis la teatralidad. Significa volver a ocupar exageradamente la luz y la construcción escenográfica de un living sospechosamente normal. Y significó llamar al diseñador Rodrigo Ruiz (socio de Víctor Carrasco en sus puestas).
Significó también conseguir muchos parlantes para panear sonidos cotidianos, como una gotera, cañerías y ratones caminando, pero todo alargado y saturado, como un ruido constante que provoca extrañeza, en el estilo de las secuencias terroríficas de David Lynch.
“Es un poco lo que hacían los expresionistas alemanes con obras donde todo era normal, pero distorsionado”, cuenta el director, quien concluye que la teatralidad del montaje está en que “es sospechoso que todo sea tan normal. El espectador se sentará a contemplar cómo unos huevones normales se convierten en demonios”.