El origen de todo, tal vez, sea una secreta envidia. Lo que nos pasa, en realidad, es que odiamos a los perros, los odiamos cada vez que los vemos tendidos allí, en el pasto, bajo una cornisa, tomando el sol”.
Por Betzie Jaramillo
¿Importa la vida de un perro vagabundo? Hay tantos, que puede que no importe mucho. Pero la limpieza canina de los alrededores de La Moneda -treinta quiltros ejecutados- fue una mancha de sangre animal en los fastos del cambio de mando. Por lo visto, a alguien, o a muchos, no les gustaba la idea de que los perros vagos que acampan y corretean en los alrededores de palacio se cruzaran por entre las piernas de los desfiles militares, los selectos invitados o la mismísima Presidenta Bachelet.
Porque ya se sabe lo mucho que les gustan las cámaras y las ceremonias oficiales a los perros sin amo ni collar. Y es que ellos, inocentes como animalitos que son, creen que todas estas fiestas son suyas y que son parte del espectáculo. Y estropean la escena, según las autoridades, aunque los perros siempre creen que tiene la misión de escoltar y organizar cualquier manada, incluida las de los humanos. Pero el protocolo de los hombres los dejó fuera de la puesta en escena y aplicó la severa ley del exterminio.
En su defensa protestaron grupos de protección de los derechos animales, y lamentaron la medida sus padrinos, como el kiosquero de la esquina de Agustinas con Morandé, y los viandantes habituales que se divertían con sus jugueteos locos por las nuevas piscinas y jardines de la plaza. Los que decidieron sobre su desaparición, y que aún nadie quiere asumir, tienen argumentos poderosos como la higiene, salud pública, o incluso la seguridad ciudadana, por las pulgas, los excrementos, los posibles ataques a los ciudadanos.
El conflicto parece algo menor ante lo que es verdaderamente importante, que somos nosotros, los seres humanos, y nuestras ceremonias que dan fe de nuestro dominio del planeta. Pero estas víctimas perrunas traen a la memoria otras historias de indeseables, que no siempre son animales, sino miembros de la misma especie humana que por distintas razones como raza, sexo o pobreza han padecido y padecen el rigor de los verdaderos jefes de la manada humana.
El origen de todo, tal vez, sea una secreta envidia. Lo que nos pasa, en realidad, es que odiamos a los perros, los odiamos cada vez que los vemos tendidos allí, en el pasto, bajo una cornisa, tomando el sol o aguachándose en la sombra, porque ellos no andan corriendo a toda prisa, no tienen que hacer ninguna cola en el banco, no deben revisar sudando a la pasada las cifras de Dicom, lo mismo que los escolares, que se tiran en esos mismos prados a charlar inocuamente y a besarse y a mirar. Dios los cuide. LND