
Viernes 30 de julio de 2010| por Artemio Echegoyen / La Nacin
Reír es, parece, una exclusividad humana, sonreír también. ¿Es humano Dios? ¿Y el Diablo? Aquí se ríen los dos (más el Diablo), en estos dibujos de Alberto Montt, que son crueles y a veces difíciles (porque hay que cambiar de riel), como el de la monja en la fiambrería o el del pingüino y el avestruz y el kiwi y la gallina que ingresan a una salita con supuesto monitor de realidad virtual. Montt es chileno pero dicen que creció en Ecuador y le gusta la cocacola. Su expresión pictórica se aúna a torceduras que son verbales, como cuando un conejo pregunta "¿cuy les pasó a tus orejas?" o un cocinero (¿circunstancial?) avisa desde el continente negro que, tal como se le sugirió, se encuentra allí poniendo simios en la sartén. Eso sí, yerra gravemente Montt al suponer que en África hay monos con cola (el de la viñeta posee rabo, en efecto).
Batman descansa cabeza abajo, como su tótem. Ken debe sublimar su carencia de genitales con un tracción cuatro ruedas si desea seducir a una muñeca. Una mosca arribista evoca su tour por África (otra vez), donde se hizo retratar diciendo "cheese" sobre el ojo de un niño. En la creación del mundo, el Diablo le hace consultorías a Dios: ¿por qué no promover el adulterio cuestionándolo en las Tablas de la Ley? La figura humana de Montt (dibujada por Montt, más bien) suele tener un aire frankensteniano, con costuras (o rayitas que lo parecen), narices con algo de superpuestas o impuestas longanizas sin nudo, sangramientos nítidos. Dios (el de los cristianos, se entiende) porta absurdamente una aureola, que misteriosamente es triangular. El Diablo lleva el atuendo convencional. Son como Quico y Caco. El Diablo manipula más. En las viñetas proliferan las mutilaciones. En el infierno confunden lingüísticamente al mayor mimo del siglo XX con aquel sacerdote católico mexicano (legionario de algo) que, según testigos de primera mano, invocaba tapazón uretral para hacerse balancear la poronga por púberes acólitos.
Montt es, tal vez, ecologista, si hemos leído bien otro de sus dibujos. No sólo en cuanto a las ballenas, sino ahí donde Lucifer le cuelga al Altísimo una conocida grafía que indica raíz de menos uno. Claro que uno es la máscara del otro. No faltan las alusiones a la cultura popular, desde el también dibujado adolescente inencontrable con gafas al amor por las consolas de video-juegos. Pregunta: ¿por qué el tomate mira con esa cara a la botella de ketchup? ¿Porque se cree a salvo? ¿Por ansia caníbal? ¿Coqueteo ante otras formas del yo? Tiene sus enigmas este Montt, y usa colores fuertes. Léase con apertura de criterio.
EN DOSIS DIARIAS N° 2
Humor gráfico
Alberto Montt
Ediciones B, 2010