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Sábado 4 de febrero de 2012| por Cesar Fredes
La absenta llegó a Chile y es rica, intensa, aromática y embriagadora a la vez. Será porque todos los tragos, todos los remedios, todas las cosas que se ingieren tienen sobre la gente un efecto placebo o porque de hecho este mitológico alcohol de origen francés llega a los 80 grados, que los cuatro amigos acodados a la barra del Banco, todos veteranos de muchas aventuras etílicas, pasadas o presentes, comenzamos a volar al segundo trago.
Habíamos ido a la tienda Wain de Nueva Costanera a la presentación del Cayú, un vino de Malbec que hace en Mendoza Cristóbal Undurraga y luego del grato cóctel y de comprobar que el Cayú es un cañón, de
ambulamos por las estanterías repletas y tentadoras de alcoholes finos de todo el mundo.
Uno de los cuatro descubrió la botella verdosa, de antigua y compleja arquitectura y me llamó la atención sobre ella.
-“¡Absenta!, exclamé al instante y me lancé sobre la botella y en enhorabuena, porque era la última de la pequeña partida que había llegado.
Costó nada más que $24.000 la botella y se consideró buen negocio, dada la escasez, la mitológica fama de la bebida y las ganas también de probar un trago distinto, que no hay que beber nunca por el simple y bruto gusto de echarse alcohol al coleto. Además era un trago importado y adicionalmente, este servidor era el único que lo había probado.
La absenta había estado prohibida en Francia, su lugar de origen y en Estados Unidos sigue estándolo, pero no es extraño, porque ellos son campeones para prohibir.
Eso, porque traía mala fama, debido a que casi todos los poetas , intelectuales y bohemios de la Francia más bohemia, a mediados del siglo XIX, destruían sus hígados, sus neuronas y hasta sus vidas con la ingesta excesiva de este alcohol seductor, adictivo y perfumado al que fueron aficionados entre muchos otros el pintor Toulouse Lautrec, y también Van Gogh, Verlaine, Baudelaire, o Dégas. O el pobre Gerard de Nerval, que se colgó de un farol, ebrio de absenta.
Se dice que por eso lo prohibieron: por alucinógeno y por maldito. Aunque muchos de los poéticos personajes que abusaron de el quisieron ver en la botella, en la copa sofisticada, más que a un demonio, a un hada, llegando a llamarlo la Fee verte (el Hada Verde) y a la hora en que comenzaba su ingesta en los bares, las cinco de la tarde la hora verde.
Objetivamente, esta infusión o destilado (el resultado final puede obtenerse destilando o macerando ajenjo, artemisa, hinojo, anís y hasta cincuenta hierbas más,) contiene unos aceites esenciales llamados tuyonas, que en concentraciones apenas regulares pueden causar alucinaciones y en concentraciones mayores, hasta la muerte.
Bebimos dos tragos y medio cada uno, haciendo el rito francés de diluirlo en agua con un terrón de azúcar, como si fuera un Pernod o un Pastis de Marsella, a los que se parece y dijimos que ex bohemio que arranca sirve para otra vez.
Fredéric se quedó con la media botella sobrante para la próxima.