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  León de feria

  El distrito que comprende las comunas de Cerro Navia, Quinta Normal y Lo Prado se ha convertido en una lucha donde las cuerdas exceden por mucho los dos trompos existentes. Consciente de ello, León fue hasta una feria libre en Quinta Normal y se presentó como candidato a diputado. Algunos lo reconocieron, otros lo escucharon atentamente y guardaron los volantes, con la esperanza de que se acordara de ellos cuando fuera electo.

Domingo 8 de noviembre de 2009| por Gonzalo Len/Foto: Alvaro Hoppe

La dos así le dicen a la feria libre ubicada en calle Alberdi, entre Mapocho y José Joaquín Pérez, en Quinta Normal. Aquí hay desatada una contienda sin igual entre nueve candidatos: el hermano de Manuel Pellegrini; el ex Prisionero Claudio Narea; el ex diputado UDI Mario Varela; el ex DC y ahora PRI Carlos Olivares; la hermana de Guido Girardi, Cristina; el golpeado RN Nicolás Monckeberg; Ana García, esposa del ex candidato a la Presidencia Alejandro Navarro; la ex pobladora Verónica Torres y René Aucapán. El distrito que agrupa Cerro Navia, Quinta Normal y Lo Prado se caracteriza por la singularidad de los postulantes al Parlamento. En otras palabras, la carrera es un poquito freak y, como según muchos soy un periodista freak, el terreno ha quedado llano para mi candidatura, que he decidido lanzar hoy medio en broma casi en serio. Por eso ando con volantes, en los que por un lado sale mi rostro y un G14 aleatorio y por el otro lado consignas del tipo: "Gonzalo León, el candidato que ruge" o "Gonzalo León, yo me desMarco". Como son tan imbéciles las consignas, imagino que en cualquier momento seré descubierto, pero por el momento recorro la feria, observando los puestos y a las personas que los atienden, mientras algunos perros intentan agarrar una que otra limosna. Escucho gritos como "hay carnaval, carnaval de frutillas" y música de Los Ángeles Negros. Hay sol, por lo que caminar con chaqueta se está haciendo tortuoso. Imagino a Piñera, a Marco, a Frei, a Arrate caminando con chaquetas y me da más calor.

Llego al final de la feria sin repartir ni un solo volante. Según Hoppe, había que tantear el terreno antes. No sé, pero creo que él aún se imagina trabajando en La Moneda, ganando plata y creyendo que somos una especie de "avanzada". De pronto unas "tías" llaman mi atención. Están uniformadas y sostienen globos en sus manos.

-¿Son de alguna campaña? -les pregunto.

-No -contesta una-, somos de una escuela.

-Ah, mire soy Gonzalo León, candidato independiente. -Con el fin de agrandar "nuestro" despliegue territorial siempre usaré el "nosotros" para referirme a mi candidatura-. Somos una campaña modesta con pocos recursos y que recién ha empezado el puerta a puerta, el casa a casa, el chú ni mú. ¿Me regalan un globo?

Las "tías" me obsequian un globo con ternura, y yo aprovecho la ocasión para repartirles un volante.

Los calzones de las minas de Marco

Más atrás había visto a tres mujeres mirando calzones en un puestito. Sacaban, preguntaban, cuchicheaban, sonreían. Ahora estas tres mujeres me consultan quién soy. Les cuento brevemente e intercambiamos volantes, como si fuesen camisetas en alguna imaginaria cancha de fútbol. Ellas me pasan uno de Ana García, la esposa del senador Alejandro Navarro, que quiere seguirlo en la salud y en la enfermedad, en el Congreso y en la casa. Una de las "voluntarias", examinando mi propaganda electoral, explica que en todo hay que tener una doble opinión, y yo le replico:

-¿Algo así como doble militancia?

-No, doble opinión más bien.

-¿Cuando viene la esposa del senador? -tercia Hoppe.

-El domingo.

Me viene a la mente la exposición que a principios de los '90 hizo el artista visual Carlos Altamirano y que llevaba por nombre "Pintor de domingo". Imagino entonces a la esposa del senador como una "candidata de domingo" y la imagen me asquea, porque la política se hace todos los días, desde que uno se levanta hasta que se queda dormido. Bueno, pero admitamos que hay candidatos que ven la política o el "servicio público" como un pasatiempo.

Sigo caminando. Hoppe me graba con la cámara, me saca fotos y sostiene el globo que nos regalaron. Es gracioso verlo así de cargado. Parece que de verdad viniera de la feria. En vez de frutas, verduras o calzones, va cargado de imágenes. Erika Vargas, pobladora de acá, interrumpe la escena, y yo le cuento que somos una candidatura que en vez de recolectar votos, recolectamos opiniones sobre cómo mejorar la comuna y por qué no el distrito. Erika, después de la sorpresa, explica que de partida hay que echar al alcalde, Manuel Fernández (DC), porque lleva mucho tiempo en el municipio.

-Además, las juntas de vecinos son dirigidas por puros viejos -agrega-. Ah, y faltan lugares de esparcimiento para los jóvenes.

Mientras yo anoto lo que dice Erika, de un puesto escucho el siguiente comentario:

-El candidato está anotando la opinión de…

No alcanzo a escuchar el resto, porque un poblador me reconoce. Al hacerlo le regalo un volante, pero él lo rompe en el acto. Enseguida le obsequio otro. Esta vez no lo rompe, pero aclara:

-Lo acepto porque leo sus crónicas, pero no estoy inscrito. ¿Aunque sabe? Lo prefiero de cronista que de político.

El poblador se muestra desilusionado, pero no tengo ganas de confesar lo que estoy haciendo.

Más personajes

Después de que otra pobladora dijera que hay que sacar al alcalde, me paro frente a un puesto de pollos, en donde hay un par de pósters de Cantinflas y un papel que anuncia un homenaje al locutor Ricardo García.

-Soy Gonzalo León, candidato independiente… -alcanzo a decir.

-Los independientes no existen -replica Pancho Lonconao, el hombre a cargo del puesto-. Porque existe algo que se llama lucha de clases.

Interrumpo a don Pancho y le comento que estoy con Arrate, pero que como el Juntos Podemos no quiso apoyarme en el distrito y prefirió a Claudio Narea, tuve que ir como independiente.

-Entonces estamos en la misma -exclama y enseguida me estrecha la mano.

Don Pancho comienza a contarme lo del homenaje a Ricardo García y lo hace imitando a Cantinflas. Continúo mi camino, hasta que choco con Javier Astudillo, un hombre que vende helados. Uno choca con mucha gente en las ferias. En ese sentido son bien promiscuas. Quizá por eso les gustan a los candidatos.

-¿Con quién está usted? -consulto.

-Yo estoy con el alcalde Fernández, porque trabajo en la Corporación Municipal de Quinta Normal.

-¿Y vende helados?

-En las mañanas, pero en las noches trabajo allá.

En realidad no sé qué decir, sólo atino a pensar que esto de la doble opinión, dobles trabajos son algo común en el distrito. Imagino una doble lectura y le entrego un volante y enseguida me acerco a otro puesto. Lentamente esta feria me está recordando la Feria del Libro que se realiza en la Estación Mapocho. Prosigo con mi monserga: no estamos recolectando votos, sino opiniones.

-No, pero a mí me gustaría escuchar sus opiniones -advierte de pronto un hombre canoso y bajo de estatura.

El hombre bajo y canoso me intimida. Cuando consigo reponerme, digo:

-En primer lugar detendría a ese tal Eduardo Castillo, le quemaría los ojos, luego lo caparía, le cortaría brazos y piernas, le untaría estiércol en la espalda y finalmente lo exhibiría en una plaza pública.

-¡¿Qué?! -contesta el hombre, incrédulo, y enseguida emprende la huida.

Claramente he confundido esta feria con la Feria del Libro de Santiago y al director de la Cámara del Libro con una suerte de caudillo de este distrito, aunque a estas alturas nada me importa, porque la política es una feria, ¿o es al revés?

Entre frutillas y Telefónica

"Hay carnaval, carnaval de frutillas", vuelve a gritar el feriante. Esta vez me acerco a él, le entrego propaganda y me presento. Él como que no hace caso, como que está acostumbrado a recibir propaganda, así es que la dobla y se la echa al bolsillo.

-Una foto con el candidato -pide Hoppe.

-¿Y no quiere un besito también? -responde él.

-Estoy comprometido -aclaro.

El frutillero sonríe y posa conmigo para una foto. Sus manos lucen rojas. Las frutillas se ven sabrosas y lo que escribo suena a verso.

-La revisión técnica nos dura muy poco -dice, sacándome de mis meditaciones frutillísticas-. Las calles de la comuna están en muy mal estado. Aparte somos jóvenes y necesitamos andar en auto para surgir.

Curiosa la demanda de este feriante. En otras palabras, mientras más joven, más usas el automóvil, ergo: las calles deben ser mejores. Tal vez por eso en Las Condes las vías no tienen ningún bache, ningún desnivel o pifia.

La chaqueta me pesa como una gran responsabilidad. Imagino por un instante qué haría si fuera electo diputado por este distrito. ¿Cuáles promesas cumpliría y cuáles no? ¿Qué secretaria contrataría? ¿Cuánto explotaría a mi encargado de prensa? ¿Cuántas mentiras por minuto diría?

Por la feria hay vendedores de Telefónica y VTR, que interceptan a los ingenuos compradores en su devenir por la papa, la palta y el pescado. Gladys Barahona es una señora gruesa que vende para Telefónica. Luce un jockey de la empresa. Al consultarle cómo mejoraría la comuna o el distrito, responde:

-¿En qué forma: material o humana?

-Ambas.

-Yo haría algo más por los abuelitos. Están tan botados. Se lo digo, porque yo hago puerta a puerta vendiendo.

Al escuchar esto, pienso en cuál es la diferencia entre un candidato y una vendedora de Telefónica. Ambos hacen puerta a puerta, ambos están en ferias libres. Entonces, ¿qué fue primero: el vendedor o el candidato?

Todo por la plata

Estoy llegando al final de mi recorrido, cuando de pronto diviso un puesto de libros. No quiero parecer políticamente incorrecto, pero me pregunto qué hace acá un puesto de libros. Me imagino a un tipo enamorado de la literatura, que quiere transmitir ese amor a todos los que pueda. El feriante se llama Pedro, y lo primero que le pregunto es qué significa para él vender libros en esta comuna.

-Mire, todos estamos aquí por plata.

La respuesta me sorprende, por lo que repongo estúpidamente:

-¿O sea que no hay amor a los libros, sino a la plata?

-Todos estamos por la plata, se lo repito. Si usted sale como diputado, ganará plata. Entonces usted también está aquí por dinero.

El feriante me desilusiona, tal como yo desilusioné a ese lector del comienzo. Por un segundo no sé qué hacer. Al final reparto un volante y me voy, caminando de forma errante, sin rumbo claro, como confundido. La gente, el sol, las cámaras de Hoppe, los gritos de los feriantes, todo me confunde y me enrabia, porque este es el pueblo que retrataba "La batalla de Chile", de Patricio Guzmán, pero que ya no se parece en nada al actual. Este es el mismo pueblo que, según el poeta José Ángel Cuevas, desapareció en 1973.

Estoy en calle Mapocho, donde empiezan los puestos de los "coleros", cuando de pronto un par de mujeres o minas, ya no sé cómo decirlo para no ofender, se acercan a mí. Instintivamente les regalo un volante. Una de ellas, sonriendo, dice:

-Tú eres el de La Nación Domingo, ¿no?

Agito mi cabeza como un imbécil leyendo a Nietzsche.

-¿Y esto es una broma? -agrega refiriéndose a mi propaganda electoral.

-Es en serio, ¿o es que acaso piensas que estoy pa' la chacota?

-Noooo.

-Una fotito con el candidato -interviene Hoppe.

El clic de la cámara me hace reflexionar y deponer mi candidatura de inmediato. Este pueblo no se merece a un candidato como yo, se merece a alguien peor. //LND

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