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  La reventa de Piñera

  Con diversas dificultades, León presenció los preparativos del acto del empresario candidato. Observó cómo militares cuidaban uno de los accesos; fue víctima de la grosería de los guardias privados del empresario candidato; conversó con Sebastián hijo y con su novia; contempló cómo llegaban los buses repletos de gente con adherentes de MEO, y por fin ingresó al recinto como público. Bueno, ya sabemos el final, pero no el comienzo.

Domingo 6 de septiembre de 2009| por Gonzalo Len / La Nacin Domingo

Es cerca del mediodía. Estaré hasta las siete de la tarde pero por el momento eso no lo sé, así es que llego con ganas de hacer la pega a la elipse del Parque O'Higgins. Hoy es la proclamación del candidato presidencial de la Coalición por el Cambio, Sebastián Piñera, en el Movistar Arena. Sin embargo, no encuentro a los clásicos adherentes, sino a milicos tramando algo. Pienso en que tal vez he retrocedido en el tiempo y no se trata de la proclamación de Piñera, sino de Pinochet para el Plebiscito de 1988, ya que los milicos formados frente al Movistar Arena amenazan con ingresar en cualquier momento. Me pregunto quién los habrá traído: ¿la UDI tal vez? Para salir de la duda me formo al lado de uno y se lo consulto.

-No -ríe-, estamos ensayando para la Parada Militar.

-¿Entonces es pura coincidencia?

-Claro.

Pero yo no creo en las coincidencias, así es que la presencia de tanto milico a horas de comenzar el show del empresario candidato me da para pensar. Diviso a Hoppe a lo lejos y me acerco para saludarlo. Luego avanzo hasta el Movistar Arena y me pongo a observar los pendones que cuelgan adentro del recinto: "A crear trabajo para todos", "Las calles serán de nuestros hijos", "Que la alegría nunca se jubile". Imagino que Piñera más que prometer cosas está vendiendo eslóganes o pomadas. Porque seamos honestos: ¿qué significa que la alegría nunca se jubile? ¿Alegría eterna? Que yo sepa, la alegría eterna es felicidad y la felicidad la hallaremos, según la Biblia, en el cielo, o sea cuando estemos muertos. ¿Piñera nos quiere matar entonces?

Démosle a Sebastián un margen de error; y eso hago, cuando intento entrar al Movistar Arena, pero un guardia me detiene y me informa que sólo personal de la Marina y del Ejército lo puede hacer. ¿Ven cómo al final lo que "parece" termina "siendo"?

imagen-Si quieren, pueden ir al otro acceso -sugiere un hombre alto, que parece estar a cargo de la seguridad.

Antes de eso, un policía militar, de esos con brazalete negro, se pone en el acceso, y yo le pregunto:

-Disculpe, ¿pero el Ejército está colaborando con el acto de Piñera?

El policía militar, incómodo, sólo atina a decir que no le podemos sacar fotos. Lindo él: no sabe que en verdad lo estamos grabando para su seguridad.

Cambia, ¿todo cambia?

Damos la vuelta y llegamos a Beauchef, donde está el otro acceso. Ahí el personal de seguridad del Movistar Arena es mucho más amable. Sin embargo, cerca de la una de la tarde todo cambia, cuando Claudia Salfate, de prensa del empresario candidato, me informa que no habrá acreditaciones para La Nación ni para La Nación Domingo, y que esa decisión la ha tomado el comando central.

-Y esto se explica -agrega ella de manera natural- al tratamiento que le han dado a Sebastián.

-Ah, ¿entonces nos estás censurando?

-O sea, no. Simplemente no les vamos a entregar acreditaciones.

¿Se fijan cómo la derecha continúa manteniendo su eufemismo? Antes los exiliados y los detenidos desaparecidos eran gente que andaba de viaje, pasándola bien en alguna playa cubana. Hoy no entregar una acreditación no es censura.

Junto con la noticia, aparece en esta puerta una guardia privada de Sebastián Piñera, que al vernos cerca de la mesa donde tiene las cédulas de identidad, nos comienza a echar a gritos y empujones junto a un colega. En verdad la guardia echa a Hoppe y el colega a mí. Luego, cuando llega el hombre alto que está a cargo de la seguridad, le comento lo sucedido, pero ella sigue vociferando:

-¡Pero La Nación no la lee nadie!

-Oye, ¡ten un poco de educación! -le recomiendo con cinismo.

-¡Qué voy a tener educación contigo!

Hoppe me comenta que ésta es la misma grosería que uno vivía en dictadura, y yo le encuentro la razón. Bueno, pero al final la mujer descontrolada es removida del lugar y el hombre alto nos pide que nos mantengamos fuera de la reja. Por las buenas cualquiera entiende, ¿o no, Hoppe?

Un gorrito hace la diferencia

Al contrario del resto del mundo, me sucede que, cuando lo paso mal, el tiempo transcurre rápido, así es que ya han transcurrido un par horas desde el incidente. Ahora, de hecho, no tenemos problemas con los guardias, con quienes, incluso, bromeamos por nuestra situación. Además, como estamos al lado de la reja, la gente que va entrando nos confunde con parte de la organización. Yo creo que en algo ayuda el gorrito azul que luzco ahora y que dice: "Con Piñera: ¡Cambio y futuro!". Aunque yo prefiero leer: "Con Piñera: ¡Cambio y fuera!". En esto estoy, cuando de pronto comienzan a llegar costosos autos con mujeres uniformadas con los colores de la campaña del empresario candidato.

-Somos del comando de mujeres -asegura una.

-Ah, ¿y de dónde vienen?

Cuando espero escuchar de Vitacura, Las Condes o Lo Barnechea, otra contesta:

-De San Joaquín, La Granja y Macul.

El auto es autorizado a ingresar, y yo ahí recién me entero que han mencionado el distrito del diputado Felipe Salaberry.

Permanezco de punto fijo, y ya no son las mujeres que entran a estacionar lo más cerca de la puerta pa' salir rápido, ¿ya, lindo?, sino los jóvenes, que lucen poleras y casacas azules. A uno de ellos le consulto qué tiene de bueno Sebastián Piñera, y él, con la mirada perdida en lontananza, dice:

-¡Todo! La unión con los jóvenes. Es un tipo interesante, carismático, que va a cambiar a Chile.

-¿Y cómo "cambiará" Chile con Piñera Presidente?

-Bueno, muchas cosas: habrá un gobierno lleno de oportunidades pa' los jóvenes, con becas y cosas así.

Aquí surge otro prejuicio mío que constantemente se convierte en realidad: la gente de derecha es huevona, o bien, no piensa mucho. Hay excepciones, desde luego, pero sólo confirman la regla.

-Oye, ¿y cuál es el compromiso de Sebastián con el tema de los derechos humanos?

-Prefiero no hablar del tema -responde el joven serio y enseguida me señala un auto-. Mira, ahí viene Cristóbal, el hijo de Sebastián.

La maniobra distractiva sirve para dejar tranquilo al joven y volver a lo "nuestro".

Sebastián hijo y el acarreo

Los vehículos que ingresan ahora son compactos y bien sucios, como el que conduce Carmen, así al menos se identifica. Carmen viene con sus amigas, pero se niega a decir más cosas. Según ella, no es "nadie". Carmen es atractiva y posee un inconfundible look de ex alumna de Villa María Academy. Pese a ello, los guardias le niegan el acceso, por lo que agarra su celular y dice:

-¿Aló, Seba? No me dejan entrar… ¡Ya, "por fi"!

Después de unos minutos aparece Sebastián Piñera hijo. La saluda con cariño, habla con los guardias y asunto arreglado. De hecho, uno de los guardias se acerca y le dice que es un honor conocerlo. Luego del "corneteo" abordo al hijo de Piñera para preguntarle su opinión sobre la censura que hay contra nosotros y contra este medio.

-Puta, lo siento -se excusa-, pero si esa decisión la tomó Rodrigo Hinzpeter, yo no puedo hacer nada.

En otras palabras, Hinzpeter pesa más que Sebastián hijo en la campaña. Le consulto luego por la importancia de este acto de proclamación. Como ven, ahora soy yo el "cornetero".

-Este es un evento que mira a la gente y en ese sentido trasciende a los partidos políticos.

-¿Pero tienes claro que en un eventual gobierno de tu padre él deberá gobernar con los partidos?

-Sí, pero habrá que hacerlo desde los partidos hacia fuera, hacia la gente.

Muy claro Sebastián, pero si tu padre quiere gobernar "hacia la gente", ¿tiene sentido coartar la libertad de información? El hijo del empresario candidato se despide y enseguida se aleja caminando como quien tuviera el futuro asegurado.

No tengo tiempo de seguir pensando huevadas, porque han comenzado a llegar los buses llenos de gente de San Bernardo, Melipilla, San Ramón. Precisamente en estos momentos converso con unos chicos de esta última comuna.

-¡Somos del Colo Colo! -grita uno para mi sorpresa. Aunque pensándolo mejor, que venga gente del "Colo" no es una sorpresa.

-Venimos a apoyar a Piñera, pero vamos a votar por Frei -agrega otro, riendo.

Los chicos se forman para ingresar, y yo voy hasta otro bus. En él, otros jóvenes, al ver que los estoy grabando con la cámara, empiezan a corear:

-¡Marco Enríquez, Marco Enríquez! ¡¡Aguante Ominami!!

imagenLa vuelta

Después de sentarnos y de tomarnos un café con Hoppe, estamos en el acceso principal. Aquí el panorama desde la mañana ha cambiado drásticamente. Ahora los milicos no se ven por ninguna parte. En vez de ellos hay un mar humano que desciende desde decenas de buses estacionados en la elipse, que ahora parece terminal de buses.

En cada bus hay uno o dos encargados de guiar a la gente y formarla frente a las tres puertas. De este mar humano aparecen el senador Andrés Allamand, su pareja Marcela Cubillos y Rodrigo Hinzpeter, el generalísimo de "Sebastianísimo".

Me acerco a Rodrigo y le pregunto cuál es el problema que tiene con este diario de mierda. Sé que pagan poco, sé que son izquierdistas encubiertos, sé muchas cosas y otras no tanto, ¿pero eso da para censurarlo? Rodrigo se muestra amable y sorprendido a la vez y afirma que esto se puede solucionar "en buena".

-Sí, pero esto es censura -le recuerdo, y la censura, en todo caso, nunca ha sido "en buena".

-Bueno, como te digo, esto hay que conversarlo bien y ya tendremos tiempo para hacerlo. Pero te repito: esto en ningún caso es contra ti.

Como dice El Padrino, hay dos maneras de tomar las cosas: personalmente o como negocios. Claramente esto es personal y también perjudica el "negocio" de informar. Así es que no entiendo de qué me habla.

-Durante los milicos -le insiste Hoppe- no me dejaban entrar a La Moneda y hoy, en democracia, me dices que no puedo entrar al Movistar Arena.

-Lo siento, en serio.

Rodrigo dice esto como si no fuera responsable de esta decisión. Así es que nos miramos con Hoppe y decidimos hacer la fila con el público general. Total, ya nos conseguimos invitaciones en el otro acceso.

Mientras hacemos la interminable fila, una señora de la UDI reconoce a Hoppe y lo saluda con afecto. Después mi compañero me dirá que se trata de una de las señoras que estaban afuera del Hospital Militar, cuando Pinochet agonizaba. Pero no nos adelantemos, ya que ahora ella dice:

-Se me olvidó traer el busto de mi general Pinochet.

-¿Qué virtudes tiene Piñera que Pinochet no tuvo? -consulto inocentemente.

-¡Ninguna pues! Y la verdad es que a mí Piñera no me produce nada.

La fila avanza lento, pero a merced de empujones por aquí y por allá, pasaremos los controles sin necesidad de exhibir las invitaciones. Adentro intento ingresar a alguna localidad del Movistar Arena, pero todas las puertas están cerradas. Damos vueltas, hasta que por fin una se abre. La gente corre peligrosamente por el recinto, que a todo esto no está lleno, porque aún hay harto lugar en la cancha.

El otro espectáculo

Estuvimos unos minutos adentro del recinto y ahora nos cuesta salir, ya que por un lado la gente empuja las puertas para ingresar y por el otro personal de la organización las cierra para que nadie más suba. La solución viene de la mano de Carabineros y todo se normaliza.

Cuando ya nos vamos yendo, observo a la gente que no pudo entrar a ver el "espectáculo" descontenta.

-Yo no sé por qué nos invitaron. ¿Sólo para asegurarse de llenar esto? ¡No hay respeto! -se queja una señora y enseguida añade-: Mujeres embarazadas, abuelitos, inválidos, todos aplastados.

-Sí, pero no hubo muertos -replico, tratando de calmarla.

-Vinimos a ver a Piñera, pero con esto no sabemos qué pensar.

Y como siempre, la incertidumbre lleva a tomar acciones abruptas, al filo de la violencia. Y eso, como muchos ya saben, fue lo que sucedió. Alberto Espina, Pablo Longueira, Pablo Zalaquett, todos increpados por la muchedumbre.

Al consultarle a Magdalena Piñera, la hermana del empresario candidato, por qué se "revendieron entradas", ella seria, con un rostro de palo, responde: "Acá no se vendió ninguna entrada, así es que por favor no invente". Como ven, la "comprensión de lectura" no es el fuerte de la derecha, así es que hastiado de este día decido irme y dejar atrás a los periodistas abalanzándose sobre parlamentarios y alcaldes, a la gente reclamando cada vez más airadamente y gritando "Se siente, se siente, ¡Frei Presidente!", a "Chavito" presentando a los Charros de Lumaco y a Américo, al dispositivo de seguridad sobrepasado, a Sebastián Piñera no atreviéndose a bajar de su automóvil y fingiendo una sonrisa de que todo está bien. Todo dejo atrás, incluso esa sensación que me hace preguntarme en voz alta: Sebastián, dime, ¿por qué me has abandonado?

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