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Hablemos de Sexo: Touch and go

Nadie sabe muy bien cómo el concepto “touch and go” se transformó en el término más acuñado del verano en tierras criollas para denominar un encuentro de sexo casual, sin compromisos. En términos lingüísticos no poseo mayor explicación; quizás como varias expresiones, fue copiado de la jerga argentina o gringa, pero sí se podría utilizar como una forma de calificar y descomprimir una situación que hace algún lustro podría haber sido demonizada y donde todo se circunscribía al matrimonio.

Domingo 28 de febrero de 2010| por Tato Tagliani

En la mismísima agenda adolescente donde abundaban recortes ñoños y descansaba un chicle extra duro escupido por su último galán rescatado del basurero, Sofía escribió la frase “martes: touch and go con el Ale :)”.

En su esquemática vida, la crespa muchacha de 25 años, única mujer de un familión de cinco hermanos, proyectaba un encuentro furtivo con Alejandro quien, de forma recíproca, mostraba un expreso interés por contar con su compañía. El objetivo: concretar una reunión de índole carnal.

Nadie sabe muy bien cómo el concepto “touch and go” se transformó en el término más acuñado del verano en tierras criollas para denominar un encuentro de sexo casual, sin compromisos. En términos lingüísticos no poseo mayor explicación; quizás como varias expresiones, fue copiado de la jerga argentina o gringa, pero sí se podría utilizar como una forma de calificar y descomprimir una situación que hace algún lustro podría haber sido demonizada y donde todo se circunscribía al matrimonio.

En el caso de Sofía, ella lo añadió de inmediato a su vocabulario y comenzó a proyectarlo como una conducta habitual en su vida. “¡Galla, touch and go y cero problemas!”, les decía a sus amigas, antes de dirigirse a la discoteque o schopería de turno con una buena carga de condones en la cartera y muy monona para dar inicio a su particular batalla.

Con Alejandro, eso sí, se convirtieron en amigos especiales. Él era uniformado, un aspirante con un gran corte de pelo y en sus días de franco aprovechaba de juntarse con Sofía. Iban al cine, comían mote con huesillos, le compraba manzanas confitadas e irremediablemente terminaban en un “touch and go” (en español algo así como “toco y me voy”) en algún motel de Gran Avenida. Para ellos, sus reuniones caían en esa calificación porque no existía ningún compromiso más allá del sexual. Había cariño, por cierto, pero tenían claro que con la otra persona no había proyección. Alejandro pensaba que Sofía era demasiado light para él y su entorno castrense, y ella creía que Ale se vestía como viejo y era demasiado pelotudo para compartir una vida en común. Pero en la cama lo pasaban estupendo.

Lo que más le pedía a Sofía cuando venía a mi consulta era que cuidara su solicitada extra regada flor del peligro de las malditas ETS (como sífilis, gonorrea, ladillas, herpes genital, hepatitis o sida). Porque además de Alejandro, el uniformado, sostenía diversos “toco y me voy” con un sinnúmero de pasteles. Ella, sin dobleces, decía que era una chiquilla demasiado caliente y que le gustaba sentir adrenalina por lo desconocido, y que tenía ganas de hacer un trío con el Ale y su amiga Raquel.

Por supuesto que también le seducía el mundo de la televisión y disfrutó como nunca con el pasado Festival de Viña. Pensaba que si un futbolista famoso se enamoraba y ella le demostraba su calidad y fidelidad en el aspecto amatorio y emocional, rápidamente se podría casar, conocer el mundo y darle un poquito de plata a su viejita para que se comprara una casa. Y a pesar de que lo había intentado asistiendo a las boites del momento, sólo conseguía llamar la atención en los amigos chupasangres de la estrella.

Sofía, asimismo, era algo acomplejada porque no tenía tanta pechuga y en el mediano plazo tenía la idea de implantarse silicona. Además, reconocía que su gusto por el sexo casual tenía que ver con un instinto animal que la gobernaba y que fue heredado por su padre, un ex mecánico de Vallenar. De igual modo, se sentía atraída por el espíritu libertario de las tribus pokemonas. “Soy una mujer soltera, cuando me case se acabará la tontera”, advertía. Lo suyo, tal como el resto de los practicantes del “touch and go”, era conseguir placer físico y experimentación.

Hace poco, vino a visitarme porque tenía miedo de estar embarazada. El preservativo del Flaco Terry había fallado la noche anterior y estaba asustada, aunque igual me preguntó si en el corto plazo podría estar de vuelta en las canchas. A los pocos días supe que todo había sido una falsa alarma. Y después le pedí que se tomara las cosas con más calma. Y que de tanto tocar y tocar, alguna vez ya no podría arrancar. “Mire las europeas, no tienen tantos rollos como usted y lo pasan la raja”, me encaró. Ahí pensé que quizás tenía razón. Viva el sexo libre pero con precaución.

Pero Sofía estaba triste porque le avisaron que el Ale sería trasladado a un regimiento de Arica. En su cabeza se pasaron miles de rollos. Una peuca, según ella, conquistaría al hombre que le entregó el mejor sexo de su vida gracias a una prodigiosa capacidad física y un talento natural. Por eso, partió a un sex shop de la calle Catedral, se compró el consolador más grande de su vida y, por un minuto, prometió olvidarse de los hombres.

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