Hablemos de sexo: Terremoto en el Motel
Mientras se sucedían las réplicas, entre ambos no hubo ninguna muestra de cariño ni afecto. Se instaló el agobio, un agotamiento general y Rodolfo también se deprimió. Logró comunicarse con su esposa, le dijo que la amaba y después se tranquilizó. Dejó a Catalina en la puerta de su casa y se marchó. Cuando estaba solo, Rodolfo se puso a llorar y así me lo confesó en la consulta.
A muchas parejas les ocurrió: en un lugar especial o en sus hogares; con o sin su pareja original y en el preciso instante que mantenían un encuentro sexual. En la terrible madrugada del pasado sábado, en una hora que generalmente se utiliza para esos menesteres, el terremoto sorprendió a varios chilenos en esa dinámica. Pasamos de la confusión propia -y hasta cierta gracia que originó el inicio del movimiento-, hasta el complejo panorama que significó salvaguardar la vida. También dejamos de lado los pudores, arrancamos semidesnudos de nuestras madrigueras, hablamos con personas que en nuestra perra vida habíamos conocido y, en muchos casos, nos transformamos en la contención sicológica de la contraparte. A esa hora, no olvidemos lo importante, mucha gente sufría y comenzaba a vivir una pesadilla.
Desde esa noche nada volvió a ser igual. Rodolfo y Catalina habían planificado durante meses su anhelado desquite. Compañeros de trabajo -ella comprometida y él “felizmente casado”-, se sentían prisioneros de una atracción incontrolable desde la primera vez que se vieron. Todo comenzó con miraditas, conversaciones en el chat, degustación en conjunto de enjundiosas colaciones y una creciente complicidad. Luego del flechazo emocional, llegó el contacto físico: abrazos desproporcionados, roces aparentemente involuntarios y, al final, el descaro de llegar a los besos cuneteados.
En ambos comenzó a desarrollarse una creciente preocupación por el aspecto. Como nunca, Rodolfo se preocupó del afeitado, del largo de las patillas, de la acidez de su perfume, de hidratar su rostro con variadas cremas y fundamentalmente de su peso. Dejó al lado su sedentarismo y bajó cerca de cinco kilos en tres meses. Y Catalina, que nunca tuvo problemas en ese apartado, porque era genéticamente bendecida, concentró su atención en sus largas piernas, convirtiéndolas en un atributo estimable. Lo que nunca hicieron para sus respectivas parejas, esta vez encontró eco y otro tipo de motivación.
Sus nutridas agendas, por supuesto, eran el principal obstáculo para concretar lo que ambos espontáneamente sugerían en cada conversación. “Quiero estar contigo”, “necesito que estemos solos” o simplemente la palabra “deseo”, formaban parte del intenso ramillete de frases que se bombardeaban ya entregados a la peligrosa ruta del engaño. Rodolfo, incluso, dejó en claro su entusiasmo y el miedo a fallar, y acudió a la medicina para tratar una naciente eyaculación precoz que lo comenzaba a afectar. El doctor le recetó un tratamiento con antidepresivos, lo instó a realizar simples ejercicios de retención urinaria y le aconsejó que su puesta a punto debería ser en un espacio relajado.
Catalina, en este caso, muy motivada por el aspecto carnal, habló con su novio, le dijo que iba a salir con sus amigas y en el calendario de la oficina marcó con rojo la noche del viernes 26 de febrero. Rodolfo también hizo lo mismo. Y organizó una cita convencional y sin sorpresas: cena en un restaurante con un ambiente íntimo, medio escondido, con una generosa carta de vinos; baile en un local oscuro con música de los ’80 y encuentro íntimo en un motel enclavado en el sector oriente de la capital.
La cena fue regada y llena de insinuaciones sobre el momento de la noche. Y en el caso del baile, ambos terminaron danzando cualquier ritmo, como si fuera la más ardiente lambada. Finalmente, tipo 3:16 de la madrugada del sábado, llegaron al recinto amatorio y se instalaron en una de las habitaciones más exclusivas. Él ingresó al baño para lavarse los dientes y darse la última manito de gato, y ella se calzó un sugerente baby doll que guardaba dentro en su cartera y estaba envuelto en una bolsa negra.
Los besos comenzaron a eso de las 3:20 y el preámbulo se desató con intensidad por diez minutos. Besos en el cuello, caricias desatadas y ambos quedaron sin ropa. A las 3:33, y antes de concretar cualquier acto, se cortó la luz y con ello se instaló el miedo. Un ruido poderoso y la habitación comenzó a sacudirse. Presa del pánico, la pareja de amantes optó por abrazarse a un costado de la cama. En las otras piezas se sentían llantos y gritos y el caos se apoderó de todos. Sin embargo, la preocupación de Rodolfo y Catalina no estaba concentrada en su compañero, la atención era para la familia que no estaba junto a ellos y por eso, sin decirlo, se culpaba a la contraparte por haber expuesto “innecesariamente” su seguridad.
A los pocos minutos tomaron el auto con todo removido, y desde la radio comenzaron a llover las malas noticias. Se informó que un tsunami aniquiló la costa centrosur del país. Silencio. En el trayecto nadie dijo nada y una angustia se apoderó de ambos. Catalina lloró, otra vez pensó en su familia, en las potenciales víctimas de la tragedia y clavó su mirada en la ventana. Mientras se sucedían las réplicas, entre ambos no hubo ninguna muestra de cariño ni afecto. Se instaló el agobio, un agotamiento general y Rodolfo también se deprimió. Logró comunicarse con su esposa, le dijo que la amaba y después se tranquilizó. Dejó a Catalina en la puerta de su casa y se marchó. Cuando estaba solo, Rodolfo se puso a llorar y así me lo confesó en la consulta, donde por estos días llegan muchos adoloridos más que por las pérdidas materiales, por la culpa de saber que por el sólo placer estuvieron a punto de fallarles a sus familias con la ausencia.//LND
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