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Hablemos de Sexo: Maratones carnales

Mi conclusión sobre su caso se lo comenté de inmediato: no hay ninguna frecuencia sexual que sea la óptima ni los problemas se resuelven con sexo, pero un gran encuentro sexual, como los que ellos adoran tanto, viene de maravillas para mantener una mejor salud física y mental.

Domingo 21 de febrero de 2010| por Tato Tagliani/ La Nación Domingo

Cuando incurrían en aquella práctica, Pablo con Cristina se olvidaban de todo. De la olla con papas cociéndose, de la mamadera de la guagua, de las diligencias del día y de su activa vida social nocturna.

Llevaban tres años casados y la pasión entre ellos estaba en su punto máximo. Sin terapias de reencantamiento, los maratones sexuales se sucedían sin planificación.

Era un caso, para muchos de mis pacientes, inspirador. Y eran horas y horas de vuelo amatorio donde ambos priorizaban la pasión por sobre las obligaciones domésticas.

Pololearon 24 meses en la última etapa de la universidad. El sexo entre ellos dependía únicamente de la disponibilidad horaria. Se autodenominaban como los “inquietos degenerados” y cultivaban cierto gustito por sentirse observados.

En las fiestas de curso era muy común encontrarlos en el baño complaciéndose con sexo oral o imbuidos en la dinámica del sobajeo.

En sus respectivas casas, por supuesto, nunca les importó la presencia familiar y sólo podían estar tapados con una frazada para intimar mientras simulaban ver televisión.

Sus sabios padres conocían sus caracteres fogosos, pero hacían hincapié en su proyecto de planificación familiar. “Mientras no tengan una guagua aprovechen de pasarlo bien”, les decían.

Al tiempo se fueron a vivir juntos a un departamento de Vicuña Mackenna con Santa Isabel, en el contaminado Santiago Centro.

Cristina quedó embarazada de Sofía Ignacia casi de inmediato y con Pablo quedaron de acuerdo con tomar ciertos recaudos. Les recomendé que al momento del sexo tuvieran ojo con las penetraciones muy profundas, porque tanta presión en el útero podía terminar perjudicando el proceso. Y sus maratones sexuales, parte de su rutina, no debían ser tan periódicas porque la consecución de orgasmos de parte de Cristina y su consiguiente contracción vaginal aumentaba el peligro de padecer calambres uterinos.

El puerperio o cuarentena de Cristina se transformó en un cacho para Pablo. Sin alternativas para descargar su infatigable energía sexual, el hombre entró en un período de odiosidad y, como era de esperar, de intenso onanismo. Su pareja, en tanto, reacomodaba sus tejidos, su erotismo se tomaba un respiro y su libido se reenfocaba hacia el bebé.

Por voluntad de ella, ambos retomaron su vida sexual a los dos meses. El regreso fue en grande. Pablo había ahorrado unos buenos pesos para irse a una cabaña -oh, paradoja- en la Laguna Aculeo y materializar el regreso a la pistas. D

ejaron a Sofía Ignacia con la mamá de él y se lanzaron a la aventura. Apenas bajaron las cortinas y cerraron la puerta de su morada no volvieron a salir.

Se alimentaban con lo justo, y dieron rienda a un festival de sexo de diversas frecuencias. Cuando Pablo se agotaba, en su merecido período refractario, Cristina lo estimulaba; y cuando Cristina pedía una pausa por el dolor que le causaba la ausencia de lubricación, se metían a la ducha y reiniciaban la sesión.

Ese fin de semana fue de reencantamiento para ambos. Pablo se tranquilizó, se reenfocó en su trabajo como profesor de religión.

La mujer aprovechó de tirar todas las licencias médicas posibles en su trabajo para estar el máximo de tiempo posible con su hija, y en la noche preparaba el ambiente para agasajar a su pareja. Sin embargo, y como era lógico, el cansancio muchas veces postergaba sus planes.

“El fin de semana me desquito”, la amenazaba Pablo, antes de darle un beso en la frente y ponerse a dormir.

La pequeña cumplió un par de meses, el verano llegó y si bien muchas veces discutían, las reconciliaciones se sellaban varias veces con los mentados maratones donde ninguno de los dos asistía al trabajo.

Con el correr del tiempo, los amantes fueron profesionalizando los maratones y los ¿amargados? vecinos los reventaban con pelambres por el concierto de gemidos. Por mi parte, les sugerí que regularan el trago y la comida antes de los encuentros, y que buscaran -siempre- un ambiente tranquilo y agradable.

Ah, y que no dejaran nunca de chequearse con un colega: maratones muy periódicas pueden disminuir las defensas inmunológicas debido a que el organismo está expuesto a un desequilibrio de sustancias.

Lo recuerdo claramente: a Cristina y a Pablo les gustaba la adrenalina. Compulsivos ellos, varias veces sus maratones sexuales eran hasta casi desfallecer.

Ellos reconocían que últimamente era sexo sin amor. Y si eso no tiene nada malo porque tanto gozo aumenta la frecuencia cardíaca y respiratoria, me era inevitable pensar en que Pablo, sobre todo después de verlo hace dos semanas, corría cierto riesgo. Si seguía esa dinámica y no se regulaba, cuando tuviera sesenta años su corazón, en cualquier momento, le podía fallar.

“Tranquilo doc, estaré bien”, me respondía confiado. Mi conclusión sobre su caso se lo comenté de inmediato: No hay ninguna frecuencia sexual que sea la óptima ni los problemas se resuelven con sexo, pero un gran encuentro sexual, como los que ellos adoran tanto, viene de maravillas para mantener una mejor salud física y mental.

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