
Lunes 8 de marzo de 2010| por MANUEL MARTÍNEZ
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Mientras desayuno recibo la noticia de un terremoto en Chile. Bordeando costa sureña dentro del límite de las 200 millas viajo por los canales del sur, embarcado en el Peace Boat, de retorno de la Antártica. Estos días han sido muy intensos y llenos de emociones dignas de compartir, el paisaje que percibo desde la ventana de mi camarote es un mar tranquilo, casi una taza de leche, desayunamos junto con algunos amigos latinos que son parte del programa de intercambio del Barco por la Paz con los que nos hicimos a la mar el 12 de febrero desde el puerto de Buenos Aires.
Las noticias son confusas. Sólo algo me hace pensar en una gran tragedia: enterarme del reporte que nos dan en japonés, que señala que la intensidad del terremoto alcanzó grado 8,8 en la escala de Richter y que su epicentro se encontraría en las proximidades de Concepción. Luego buscamos información en internet proporcionado satelitalmente. Vemos que las noticias sólo es posible obtenerlas en medios internacionales, porque los nacionales están abajo. No tenemos comunicación de telefonía móvil, se nos indica que la electricidad y las líneas de conexión están resentidas. La desesperación nos invade por momentos, estamos tan cerca de Chile, tan próximos de la costa, pero no podemos hacer nada.
La distancia se acrecienta cuando me entero de que los míos están próximos a la zona del epicentro, mis padres viven en Constitución y se identifica en algunos medios que Cauquenes es uno de los puntos con mayor daño. Talca igual estaría con dificultades estructurales y en la Región del Maule se contabiliza una serie de muertos. Esto hace que la tensión nos siga dando dolores de cabeza, mi espalda sufre como si llevara una gran mochila. No tengo certeza de que los míos estén fuera de peligro. Mientras más leemos de este caos, más confuso resulta todo. En otros reportes se habla de un tsunami que estaría creando olas de dimensiones mayores y que habría afectado al archipiélago Juan Fernández. Esto pone en alerta al barco en que nos trasladamos.
Así pasan las horas y mi preocupación es grande, el día nos acompaña incluso con una temperatura agradable, la solidaridad de los pasajeros se hace sentir. No es para estar riendo, una de las zonas más pobladas de Chile ha sido devastada, cuando pienso en eso me duele mi alma. Uno podrá tener discrepancias incluso con quien está por comenzar a gobernar, pero ser chileno está por sobre estas pequeñeces. Somos hijos de una misma tierra y cuando el piso se nos remece, se nos mueve a moros y no moros, en definitiva, puchas que nos pone difícil el camino la naturaleza. Tanto que se cruza en estos momentos, cómo decir mil cosas y no saber por dónde empezar. Aún no sé nada de mis padres y la noche ha dado pasos largos, estoy casi en una madrugada de ahogo, pero la confianza y esperanza están muy vigentes. Mañana será otro día, se escucha muchas veces este acervo popular. Creo que para seguir adelante debo hacer esto propio, al menos hasta que llegue a Valparaíso, hasta que logre enterarme de cómo están los míos, los tuyos, los nuestros.
El día se hace claro. Ya han pasado 24 horas desde la tragedia, me llega un mensaje desde el celular de mi hermana, que cuenta que los papás están bien, sólo que la casa está parcialmente destruida, que Constitución quedó en condiciones difíciles de relatar, que todo está en el suelo y mis padres estarán viajando desde Constitución a Talca para permanecer en esta ciudad durante unos días hasta que todo vuelva a la normalidad, o mejor dicho hasta que se comiencen a dar señales que la noche de terror quedó escrita en esa madrugada de febrero de 2010. Logro, al cuarto día de la catástrofe, hablar con mi madre, que me cuenta lo dantesco que fue todo. Ella es una mujer de 80 años que junto con mi padre, arrancó a los cerros de Constitución; centenares de familias hicieron lo mismo. Desde la altura y con la luz de la luna observaron cómo una gran ola de diez metros comenzaba a cubrir el plano de la ciudad, luego cayeron dos más; muchas personas desaparecieron, vecinos de mi barrio, de infancia, se fueron adentro de este devastador siniestro.
Qué horrible, qué terrible. Hoy me encuentro en la zona de la catástrofe para apoyar a mi padre, acompañar a mis seres queridos, saber de mis amigos y vecinos, hacer el luto en medio del desolador panorama que no logro aún asimilar en plenitud. Pareciera una de esas pesadillas que jamás uno desearía vivir.