
Inicio » Mercado del Placer » Al Desnudo
Viernes 27 de enero de 2012
Fotografía: Susana Ruiz Pizarro
Cuando viajé por los Balcanes en el 2011, en una travesía inspiradora, además de conocer lugares magníficos como Croacia, Serbia, Macedonia, Bulgaria y Rumania, personas inolvidables, experiencias increíbles y sabores indescriptibles llegamos con mi amiga chilena a hacer un voluntariado por unas semanas a un camping en Montenegro. En el lugar, llamado Full Monte, teníamos que cuidar de los vegetales, aprender sobre reciclaje y hacer algunas manualidades.
Sin saber mucho y sólo teniendo un concepto preconcebido en la página web de qué se trataba, llegamos ese día en la tarde a nuestro hogar temporal. Pero lo que más nos llamó la atención fue la manera en que los dueños nos recibieron: muy felices, muy cálidos y... desnudos.
Al principio fue complicado, pues los prejuicios y los tabúes se apoderan de tu cabeza. Es algo que no ocurre en nuestro país. Pero después de compartir el día a día en la misma condición, tomar el desayuno viendo a los dueños y a los huéspedes desnudos, trabajar en todas las tareas desnudos y cenar todos juntos sin diferencia y desnudos, ya no fue tan extraño y más bien amigable, cómodo, impresionante, conectándonos con nuestra naturaleza humana. Tanto, que al irnos no dio mucha pena no volver a vivir esta bella experiencia nuevamente.
Me di cuenta, sin descubrir la rueda, que una persona no cambia su esencia con o sin vestimenta, no cambian los sentimientos, emociones, intelecto, el amor que uno le tiene a su familia, a los amigos y a la vida, en la pasión que pone en las cosas. No te hace más bueno y puro vestir prendas y más malo estar sin ellas.
Al final, la ropa es sólo una máscara a la que debes recurrir para enfrentar el diario vivir que la sociedad te impone, pero en la desnudez el ser humano se reconecta con lo que es, con lo que siente, en los sentimientos más primitivos y puros, en la inocencia al igual que un niño.
En nuestro camino a la vida y en el arribo a ella llegamos desnudos. Al bañarnos, lo hacemos también como un acto de purificación, cuando amamos e incluso al morir cuando nuestro cuerpo abandona los trapos, todas ellas memorias de un delirio.