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  Cuentos de verano: Mi revolución pingüina

  León se nos fue de vacaciones. Confesamos que no sabemos dónde está, lo que constituye un alivio y una pérdida a la vez. Sin embargo, nos envió este cuento que publicamos, mientras llega de su breve descanso....

Domingo 14 de febrero de 2010| por Gonzalo Len

CUANDO TENÍA DOCE AÑOS, era bajo de estatura, regordete y usaba lentes poto de botella. Resultaba difícil la convivencia con mis demás compañeros de curso, tanto así que durante los recreos me quitaban los berlines, que solía comprar en aquel quiosco que tenía por concesionaria a una amable señora, similar en carácter a mi madre. Cursaba el octavo básico y estaba eximido de educación física -producto de una rebelde asma y de una precoz epilepsia-, lo que me convertía en extraño personaje. Si me hubiera conocido en aquella época, también me habría marginado.

Así era yo, un marginado que vivía aquellas largas jornadas escolares en un colegio particular y, más encima, católico. Digo esto, porque al llegar a casa, un departamento dúplex ubicado en un sector de clase media en Viña del Mar, me sacaba la ropa de colegio como si fuera ropa de castigo y salía a jugar con mis amigos, todos niños que asistían a colegios fiscales. Entre ellos no era ningún marginado. Pese a que me decían "Atila" -por lo de rey de los

mongoles y mi parecido a los chicos con síndrome down-, era muy normal. Al que se pasara de listo, sabía que se encontraría con más de algún puño mío en su rostro.

Era extraño; pero estas dos vidas -la escolar y la real- siempre las mantuve divididas hasta principios de los '80. En la casa, mi madre no se convencía de lo malcriado que podía ser, mientras que en el colegio era literalmente una mosquita muerta. La explicación la encontraría años después, cuando me di cuenta de que mi buena conducta en el colegio se debía a la separación de mis padres. La colegiatura era costosa y la pagaba con mucho esfuerzo mi madre. A pesar de mis pocos años, era consciente de ese esfuerzo todos los días y no podía causarle más problemas de los que ya tenía, con un papá que no sé si alguna vez lo fue realmente. Un viejo con profesión que vino de abajo, eso fue más que un verdadero padre. Lo recuerdo hablando mal de mi madre -poniéndose el parche antes de la herida- y lo recuerdo también llevándome de paseo a la feria los días sábado bajo el pretexto de que tal experiencia me serviría a futuro.

Pero volvamos al colegio. Era invierno y, durante esa temporada, mi madre acostumbraba a abrigarme harto (de hecho, mi estilo de ropa siempre la elegía y compraba ella). Y llegó aquel día. Mi profesor jefe comentó en clase:

-No se olviden que hoy es el día de la vacunación contra el sarampión.

Yo no recordaba eso. Enseñar mi brazo confieso que me provocaba más de algún pudor. No podía permitir que mis compañeros de curso se percataran que bajo la chaqueta usaba un suéter, que bajo el suéter llevaba una camisa celeste, que bajo ésta usaba un polerón, que bajo el polerón llevaba una polera y que bajo ésta una camiseta sin mangas. Reitero, no podía permitir tamaña vergüenza, por lo que levanté mi dedo.

-¿Sí, "Atila"? -dijo el profesor al observar mi dedo.

En esos años -y bueno hasta hoy en menor nivel- yo tartamudeaba, así es que mi intervención provocó más de alguna carcajada.

-Se... Señor, lo que pa... lo que pasa es yo s... ssssss... soy enfermo, tetete... tengo ce-ce-certificados médicos que...

Afortunadamente, porque a esa altura ya todos reían, el profesor me interrumpió:

-Estoy al tanto; pero esta vacuna no tiene ninguna contraindicación, así es que tranquilícese.

No sé por qué aquel profesor me decía que me tranquilizara. Al parecer, él creía que la tartamudez era signo o producto del nerviosismo. Algo así como de viejas neurasténicas.

Aquella clase era la del consejo de curso, y luego de informar lo de la vacunación, el profesor jefe (que también era el de gimnasia y que años más tarde moriría de cáncer) continuó hablando sobre un incidente, uno que tenía que ver con un pene cincelado en una silla.

-Bien, ¿ahora quiero saber quién se las está dando de escultor?

Nadie respondió. Pese a mi marginación, no era ningún sapo. Jamás me quejé de nada, y eso era el único respeto que tenía de mis demás compañeros.

-Porque en este colegio no hay termitas, nunca las ha habido...

Silencio.

-Bien -dijo esta vez el profesor en tono amenazante-, si no confiesa el escultorcillo que tenemos en dos días, los castigaré a todos.

En ese minuto, todos miramos a Droguett, nuestro hábil escultor, que miraba distraídamente el techo.

-Tengo cosas que hacer, así es que el consejo terminó. Pueden salir a esperar la vacunación.

Todos salieron, menos yo, que me quedé arreglando un maletín marca Saxoline que alguien había rayado con plumón, creo que el mismo Droguett, con la frase "SEXOENLINEA", visualizando tal vez los tiempos que se vendrían. Cuando el profesor estaba por irse y me vio todavía en mi puesto, dijo como ultimátum:

-Usted sabe, que a mí no me gusta repetir las cosas.

-Bien -susurré.

Tuve que salir al patio. Merodeé por varios lugares hasta que vi a Droguett corriendo hacia mí. Me preguntó si podía ser su pareja en el tacataca. Medité sobre su pregunta antes de contestar:

-Bu... bu... Bueno.

Droguett me dijo enseguida que teníamos que correr, pues era su turno, "nuestro turno", se corrigió al final. Llegamos, él primero, y luego yo agitado. Nos colocamos en nuestros puestos.

-Pppp... Prefiero la defensa -repuse resoplando.

Nos enfrentábamos contra los invictos del curso, con los que no habían perdido ni un solo partido en cerca de una semana. La dupla era Dinamarca y López, unos primos que pasaban pegados al tacataca que le "pertenecía" a los octavos básicos. Jugamos al mejor de cinco pelotas. Transcurrido menos de un minuto ya íbamos dos a cero abajo. Droguett me miraba con reprobación, pero también con algo de propia recriminación por haberme elegido. En realidad, no le había quedado otra, pues todas las demás parejas ya estaban formadas para enfrentar a estos desagradables primos.

-Las cagaste, "Drogo" -así solían llamar a Droguett. Raro, pues por lo que yo sabía él no se drogaba. Es más, era un excelente atleta (salto largo y doscientos metros planos). Los primos estaban por lanzar la tercera pelotita, la de nuestra eliminación como ellos se burlaban, cuando Dinamarca preguntó:

-¿De veras no prefieres mejor jugar solo, "Drogo"?

-Lánzala nomás -contestó Droguett concentrado.

Dinamarca tiró la pelotita y, para la sorpresa de todos los que aguardaban su turno para derrotar a la invicta parejita, el partido se hizo peleado. Por unos instantes no se marcó ningún gol, y eso era mérito nuestro, aunque en realidad de Droguett, quien tenía una confianza en sus medios envidiable. De pronto, gol, y Droguett lo gritó como si hubiera estado en el Estadio Nacional frente a un equipo importante, como Francia o Argentina.

-¡GOOOOOOOOL!

Droguett ahora tenía la pelotita y, con una sonrisa en la boca, preguntó:

-Dinamarca, te digo, van a perder, así es que si lo desean, pueden retirarse. A veces, es mejor retirarse y evitar la humillación en el campo de batalla. Recuerda a Napoleón.

-Idiota -respondió López, un buen alumno con varios sietes y todo, pero muy soberbio-.

Napoleón no se retiró nunca del campo de batalla. Terminó confinado en una isla.

López sabía estos datos porque, aparte de ser un buen alumno, era hijo de militares.

-¿Viste lo que pasa por no retirarse a tiempo?

De ahí, de la sorpresa, surgió una gran risotada que inquietó a los "primos ganadores". Y de las improvisadas graderías, surgió de pronto una barra que gritaba ahora fuertemente:

-¡"DROGO", "DROGO", "DROGO"!

Droguett alzó los brazos, como si fuera Marcelo Salas después de anotar un gol, y luego lanzó la pelotita. No sé si fueron los nervios; pero el asunto fue que la pelota la tomó Dinamarca, la tiró hacia mi lado, y desde ahí -desde la defensa- metí un gol que provocó que Droguett me abrazara y saltara conmigo.

-¡Gol, huevón! -exclamó-. ¡GOL, "ATILA"!

La gente coreó el gol, y luego en mi oído, Droguett susurró: "Vamos a ganar, así es que tú tranquilo nomás".

Después de celebrar, Droguett lanzó por última vez la pelotita. Recuerdo que estuvo en juego durante harto tiempo y que, en el ambiente, no volaba ni una sola mosca.

Aquel día no ganamos, pero a cambio gané el respeto de Droguett y de uno que otro compañero de curso, lo que ya era algo. En el transcurso de ese año, además, ganaría la amistad de Drogo, aunque la humillación de la vacunación contra el sarampión no me la quitó nadie.

A partir de ese partido de tacataca, nadie más me quitó los berlines. Y desde aquel juego mi vida colegial y mi vida real se unieron hasta cuarto medio. Desde ese año, en vez de Atila, fui conocido como "El alemán", por mi consumo de berlines. Debo confesar que me gustaba más ese apodo. //LND

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