
Lunes 8 de marzo de 2010| por Ronnie Muñoz Martineaux
Ahora que los volcanes nos desconocen / y el mar nos puso de rodillas / cada muerto cada niño / nos dice que renaceremos
Cuando las estrellas estaban en vigilia, / y cedió el dintel de cada puerta, / los ríos fueron la púrpura en las manos del pueblo
Atrás, estaba el muro que nació, / como un milagro de nuestras manos
Chile fértil, el sueño del vino y de la harina, / heredero de la parábola de Neruda / mi delgada patria, de remotas naciones respetada, / se partió como un leño de aurora negra / y los labios de las nubes todo lo cubrieron.
Mi flor austral, huérfana de vida, / los viñedos cercenados por las olas / y los huesos del pueblo, / fosforescentes en cada carretera.
Pero renaceremos, / la vida nos devuelve en plenitud, / la solidaria frazada, / para el niño que sueña con Dios.
Chile, altiva rosa de cobre, / de poetas, auroras y lagos / que despiertan con sus colores / la pura madrugada
Dios nos envió una espada de escombros y ceniza / y cada casa se hincó ante las astillas, / floreciendo en el verano.
Pero está vivo el valor y la uva, / nos erguimos desde los escombros, / y navegamos en las porfiadas olas / del telúrico acento de nuestra geografía.
Alzaremos cada puente y cada vela, / de nuestros botes volcados en los cercos; / combatiremos al terremoto que nos hiere / y nunca vamos a dejar ningún centímetro de nuestra / tierra herida
Y venceremos en la cuenca de la historia, / porque nos deslumbra la esperanza, / que es el verdadero lucero del alba
Chile; La Esperanza / a nacer y renacer de nuevo / en las mejillas de todas las auroras. / La patria se pone de pie, / para restañar el páramo herido / que volverá a bendecir, la montaña y el mar.