
Domingo 20 de septiembre de 2009| por Gonzalo Len/ La Nacin Domingo
La última vez que me topé a Guillermo Hidalgo, el periodista de la "escuela" que falleció tempranamente hace un mes o más, fue en el funeral de "la" vidente de Villa Alemana.
"Me encantan estas cuestiones", recuerdo que dijo como fascinado y el resto se lo llevó el viento. Recuerdo a Hidalgo en estos momentos, porque me gustaba la manera en que tenía para tomarse las cosas: sin dramatismo, como riéndose de todo. Esta crónica no es un homenaje a él, pero sí a su humor.
Debido a Hidalgo y no a otra cosa, decidí asistir a una reunión de ex alumnos de la carrera de Periodismo de la Universidad de Chile. La verdad es que pocos podrían decir que estudié ahí, porque mi asistencia a clases era, por decirlo así, exigua.
Pero no sólo asistí a una reunión de ex compañeros, sino que reincidí, porque hace cuatro años fui a una de mi colegio, que terminó siendo bien patética: todos anotando correos electrónicos, nombres (porque a muchos no los ubicaba), teléfonos; mandando buenos deseos y repartiendo besos, ¡y eso que era colegio de hombres!
Pero esta noche pienso que las cosas serán distintas. La universidad es una etapa más adulta en la vida, así es que espero sorprenderme con los cambios, con los crecimientos, con todo eso que he visto en las películas yanquis.
En otras palabras, esta noche quiero ser protagonista de una de esas películas, o personaje secundario al menos. En esto pienso cuando subo las escaleras del Centro Vasco y entro a un salón que nunca imaginé estar.
Cuando un amigo vivía cerca de aquí solía instalarme en la vereda del frente y preguntarme qué clase de persona venía aquí.
Uno de los primeros en saludarme es el escritor León Pascal, quien enseguida dice que yo siempre lo cito en estas páginas.
En verdad no sé de qué se queja. Pedro Lira, no el pintor por supuesto, al verme me pregunta si he venido con Álvaro Hoppe, y yo pienso que en el último tiempo a todas partes voy con Hoppe, es como mi representante y enfermero, incluso me llama para darme ánimos y escribir esta crónica.
Patricia, hermana del escritor Jaime Collyer, me dice si me acuerdo que una vez estuve en su casa, y yo la miro y la miro y exclamo ah, sí, por supuesto que me acuerdo. Hasta que un desconocido se planta delante de mí, enarbola su celular y, al sacarme una foto, señala que esa es su venganza, porque me lee todos los domingos.
Esas voces y esos ámbitos.
Las bandejas con pisco sour, vaina, mango sour y bebidas dan vuelta por el salón, mientras la gente conversa animadamente, como si antes de tomar algo ya estuviera ebria.
Renato Castelli, uno de los editores de LUN y uno de los pocos socialistas que conocí en la Escuela de Periodismo, asegura que no me contrataría en su diario y enseguida saluda a Lautaro Muñoz, encargado de prensa del fiscal nacional.
-¡Llegaron los revolucionarios! -grita Castelli y abraza afectuosamente a Lautaro.
Le aclaro que muchos de los que fueron revolucionarios hoy son conservadores. Castelli acata con un gesto que incluye movimiento de cuello y hombros. Enseguida León Pascal estalla cuando divisa al famoso Chico Serio, a quien protegeremos su identidad, porque en tiempos pretéritos hacía los pitos con una sola mano. Pero Pascal me da otro dato que desconocía por completo:
-¿Sabías que el Chico pasó como dos años enyesado por un partido de fútbol?
Decido transitar hacia otras voces y otros ámbitos: ahora estoy cerca de Juan Carlos "Pollo" Valdivia, quien tiene locas a unas mujeres que alguna vez fueron minas, ¿o lo que acabo de decir es un insulto? ¿No? Entonces puedo seguir y escribir que Pilar Ocaso, una de las propietarias de Extend, una empresa de comunicaciones, me consulta mi nombre. Al contestar, ella se queda mirando a lo lejos a León Pascal.
-¿León es tu nombre o tu apellido? -insiste.
Respondo nuevamente y ella exclama ahhhh lleno de desinterés. Bueno, entre cien personas no puedo llamar la atención de todas, aunque para ser sincero a eso vine.
Las empanaditas de camarón han comenzado a circular.
Saco una en el momento en que mi vista se clava en unas botellas de vino. Después de aguzar la vista me doy cuenta de que son ¡¡¡Santa Rita Tres Medallas!!! Está bien que en la escuela uno tomaba cualquier cosa, pero un Santa Rita después de casi veinte años de haber egresado me parece un poco "conservador". A fin de cuentas, la cuota era de trece mil pesos.
-¿Quién es la rica? -interroga uno, señalando a una mina, la única tal vez.
-Claudia G, pero está casada -contesta otro.
-No huevón, está recién separada -tercia uno más allá.
-Se nota que está separada -digo yo, y los tres me quedan viendo como si hubiera dicho un insulto.
Por fortuna Renato Castelli se compadece de mí y me sugiere que esto lo podría escribir para LND.
El choclo se desgrana
Así como el choclo se desgrana, algo parecido sucede en este tipo de reuniones. De este modo Diana Massis, Mirna Schindler y Yasna Lewin están en una mesa esquinada, desde donde dominan todo el salón. ¿Se fijan cómo la gente de televisión toma su lugar donde sea que esté? Bueno, estas tres tienen historias conmigo. Mirna intentó reclutarme para las juventudes cacareantes, alguien le dijo a nuestros jefes de Radio Minería que yo y otro más éramos cacareantes y Diana, no tengo nada que decir de ella por el momento.
León Pascal, Renato Castelli y otros más ocupan otra mesa, la de los desordenados, cuestión que me hace preguntarme si se puede ser desordenado toda la vida. Pero bueno, dónde estoy yo, se preguntarán. Aquí; sí aquí, sentado con gente que nunca he visto en mi vida, comiendo un rico arroz con "agregados", al que todos le atribuyen el carácter de paella. Pero no hay que quejarse. No hay que hacerlo porque, como dice Marcelo Mellado, "nos pasan cagando, y en cosas más importantes".
-Algo se hizo la Vero Franco -comenta mi discreta vecina de silla, refiriéndose a una de las conductoras de Radio Cooperativa.
-Se quitó el poncho y esos feos lentes y quedó regia -responde mi segunda vecina.
Y como sin primera no hay segunda o viceversa, la primera se lamenta por sus pechugas:
-No sé, pero algo les pasó, como que se achicaron. ¿Te acordái cómo las tenía antes?
-Sí. Lo que es a mí me encanta ver cómo rebotan mis "cosas".
Comento entonces la afición que tenía Marilyn Monroe de ver sus tetas rebotando, mientras saltaba frente al espejo.
El otro integrante de la mesa es alguien más bien canoso. Le pregunto su nombre y me dice que se llama Gustavo González.
-Ah, tú no me quisiste contratar entonces -le reprocho.
-¿Cómo? -responde él, distraído.
-Sí, yo te envié un mail porque quería hacer un taller de crónica y no me pescaste.
Gustavo, hoy director de Pregrado del Departamento de Comunicación e Imagen (ICEI), me mira, sonríe, aclara algo y se mete otro bocado a la boca.
El agua al bote
Después de ver un video, en el que se ven fotografías de algunos de los presentes con veinte o treinta años menos, la gente se emociona al ver la imagen de Guillermo Hidalgo. Me seco las lágrimas y constato que he tomado unas cuantas copas de vino, por lo que, envalentonado, me acerco a la mesa de Pablo Squella, el atleta, y le consulto una estupidez:
-¿Cuál es la diferencia entre correr una carrera y estudiar una carrera?
Pablo me queda mirando y luego, para mi sorpresa, contesta:
-Bueno, en las dos hay que saltar obstáculos.
Enseguida, recordando que su hijo también se está dedicando al atletismo, le pregunto si es mejor que él.
-Sí -dice entusiasmado, y yo pienso que bueno es comprobar que la esperanza es lo último que se pierde.
Pero no sólo yo he estado bebiendo, sino que otros también: las caras descompuestas, las risas destempladas, los peinados deshechos. Uno de ellos es el "Pollo" Valdivia, quien ahora compra un whisky. Al escribir esto queda claro que el cóctel terminó y si uno quiere seguir, debe pagar, como todo en la vida.
-La exigencia en periodismo era alta -afirma el animador de TV-. Por ejemplo, dice Valdivia, yo fui el último en ingresar a la carrera con 702 puntos, y eso que venía del Instituto Nacional. Tal vez por eso me gustaba la escuela: era igual al colegio.
En realidad no sé cómo se le ocurre pensar que la Escuela de Periodismo era difícil. Yo que estudié Ingeniería puedo asegurar que era fácil y que quien no la termina es huevón.
Luego le recuerdo al "Pollo" que una vez estuve en su departamento con el "Guata" López y el Johnny Venegas, cuando vivía en Carlos Porter, y él suspira un ahhh.
Curioso, pero aquí todos exclaman o suspiran ahhhh.
Dejo de lado al "Pollo" Valdivia y me instalo a conversar con Marcelita Gómez, la encargada de prensa del ministro Andrés Velasco.
Ella era una de las pocas minas con la que se podía conversar relajadamente en la escuela. Usaba unas casacas de cuero medio punk. Me pregunto dónde las habrá dejado, ¿dónde mismo dejó a ese marino griego que tuvo por marido?
-Eso se acabó hace tiempo -cuenta Marcela con una lágrima en la garganta-. Hoy estoy con otro y llevo diecisiete años con él.
-Toda una dictadura -apunto, y ella sin sumar dramatismo al asunto suelta una carcajada.
A estas alturas de la noche pienso y digo huevadas, por lo que imagino que me ha entrado agua al bote, y éste se hunde lenta pero irremediablemente. Quiero irme, lo tengo que hacer para escribir esta crónica, pero León Pascal llega hasta mí y me pide que me tome un último ron. Le digo que no tomo ron hace años, pero él insiste, y yo como el pendejo de la escuela le hago caso y tomo incluso otro vaso más. Quisiera contar que me fui a un motel con Claudia G o Pilar Ocaso o León Pascal o Guillermo Hidalgo o con todos juntos, pero eso sería inventar; porque la verdad no me acuerdo de cómo llegué a mi casa ni tampoco me importa.